viernes, 23 de enero de 2009

¿Mamá, por qué lloras?

Acaba de nacer su bebé.
Ese pedacito al que tanto había imaginado y al que ya veía en sueños. Días antes del parto todavía soñaba con un futuro ideal: ella misma organizada y plurivalente. Acunando mientras lee un libro, dando el pecho sin problemas, igual de guapa que siempre; ofreciendo mil sonrisas a las visitas, la comida lista y la casa impecable. Un bebé adorable que "come y duerme fenomenal", como el hijo de la vecina. Qué bonito es ser mamá.

No ha pasado mucho tiempo desde que ha vuelto a casa, con la misma ropa de embarazada con la que llegó a la clínica; los vaqueros que llevó para su salida no le valían. Los platos de la cena de ayer siguen apilados y ella todavía no se ha duchado. Los 15 días de permiso de papá ya se han terminado y la soledad es horrible. El silencio se rompe porque el niño llora. Le ofrece el pecho pero el bebé no quiere. Debe ser que no tengo leche, piensa ella.

Está ojerosa y triste. Cansada... y eso que a su alrededor nada se ha movido, parece ser que no ha hecho nada; no hay orden alguno. Qué envidia que puedas estar todo el día en casa, dice papá. No comprende qué le pasa.

Por su mente pasan todo tipo de pensamientos. Cada uno más sombrío que el otro y no se atreve a decirlos en voz alta. A veces, hasta se arrepiente y añora su vida "anterior".
Debo ser la peor de las madres, piensa.
Llora, mamá. Llora.
.......................

Esta semana he estado acompañando a dos recientes mamás. Cada una con una historia diferente, embarazos y partos distintos. No se conocen entre sí. No tienen ninguna cosa en común excepto haber parido hace poco y sentir en su corazón todo esto que cuento más arriba.
¿Pero realmente pasa algo? El mundo parece exigirte que "tienes" que estar feliz y sublime. Te obligas a ti misma a sonreir a la vecina y lo que te apetece es echarla; su vida es tan perfecta... ¿Qué es lo que nos pasa realmente? ¿Por qué no puedo dejar de llorar?

Parir deja una herida profunda. No me refiero a la episiotomía o esa cicatriz que deja la cesárea; no. Hacerse madre pone al descubierto todos nuestros miedos y zonas frágiles. Nos deja vulnerables y necesitadas de abrazos y mimos. Por un lado, la montaña rusa de emociones y el cóctel hormonal que hay en nuestros cuerpos, hacen de las suyas. Nadie nos explica que esto va a pasarnos... y quizá, si lo sabemos, no le prestamos mucha atención. ¡Tenemos tantas otras cosas en qué pensar!

Por otro lado, todo aquello que esperábamos, que idealizábamos, parece ser de humo. Construímos mentalmente un proyecto perfecto y nada ha salido como queríamos/soñábamos. Si fuera un espectáculo pediríamos que nos devuelvan las entradas.

Si el que llega es ya un segundo o tercer hijo, en vez de ser más fácil resulta ser más complicado. Ya no eres de "propiedad exclusiva" y tienes que repartirte entre todos los que demandan tu compañía. Se desata una lucha interior por darle al mayor la misma atención que al pequeño. Quedas exhausta y con la sensación de fallarle a los dos.

Esta ambivalencia es normal y necesaria para nacer como mamás y encontrar poco a poco comodidad en este nuevo estatus. También para el bebé es todo nuevo y aún no se sitúa en el exterior; por eso es importante reforzar la relación de mamá-hijo, coger al bebé en brazos y dejar que afloren de manera natural nuestros sentimientos hacia esa nueva vida. Reconocerse mutuamente.

Como mamás, conocer todo esto puede ayudar a llevar mejor este pequeño "blues" y así no sentirse culpable ante la cantidad de sentimientos encontrados que rondan el alma. Llorar es sanador y alivia mucho. Tal vez compartir todo lo que llevamos dentro con alguien de nuestra confianza también ayude.

¿Y el resto? Como pareja, abuela, amiga, sólo queda acompañar a la mamá en este camino. Entendiendo su pesar, consolando y abrazando siempre. Sin juzgar ni decirle "cómo tiene que hacer las cosas", porque eso es lo que menos necesita. Es imprescindible que la logística doméstica quede en manos de los demás y que si llega a casa alguien para "ayudar", su ayuda se centre especial (y tal vez específicamente) en la puesta a punto de la casa, en preparar la comida, lavar platos y pasar la mopa. Eso permite a la madre descansar y que la pareja se dedique en exclusiva a su bebé. Creo que contar con una red de mujeres que arropen a esa madre debería ser la norma.

Es importante que esa pequeña tristeza vaya pasando con el tiempo. Que no tenga miedo de buscar ayuda y de compartir lo que le pasa con una mano amiga. Que cada día esa mamá se sienta más a gusto y vea los retos que van surgiendo con mayor optimismo. Enfrentar la jornada un poquito más segura y más feliz.

Ser madre transforma y te convierte en mariposa. Como dice mi amiga Samuelete: Nunca más eres la misma, eres mejor.



Un buen libro para leer: Los 25 principios de la nueva madre. Marta Sears.

lunes, 12 de enero de 2009

Cuando un paso atrás significa avanzar

Valeria ha vuelto a su antiguo cole. Nos lo hemos pensado el mes entero y finalmente hemos resuelto que sea así.
Cuando hicimos el cambio, hace dos meses, estábamos muy ilusionados todos (tengo que ser franca, ella menos), pensando que el ideario que proponían, las actividades que decían tener y el sistema que, en teoría, tenían implantado era muy diferente a todo lo que tradicionalmente se estila en otros colegios.

Durante las primeras semanas sí que vimos muchas cosas distintas (no voy a decir que sea todo igual, hay profesores de primera), pero empezamos a notar que no tenía mucho que ver la teoría con la práctica, que la escolarización seguía siendo vertical (en algún caso, hasta militar) y que algunos profesores no trataban de forma respetuosa a los niños. En menos de dos meses vivimos tres experiencias de pena... no hacían falta más experimentos.

Me desencanté absolutamente y protesté oficialmente como "mamá" ante el cole. Había puesto tanta ilusión!! Había tenido que convencer a Valeria para cambiarse, hacer números y números para que las cuentas salgan perfectas; qué pena.

Pero mi tristeza va más allá porque sometí inútilmente a mi hija a ese cambio, a la angustia de ser "la nueva", a la separación de sus antiguos amigos, al traqueteo de tener que ir en metro todos los días y sobre todo a la desilusión de sentir que no valía la pena el sacrificio.

Dejó de tener alegría por ir al cole, ni siquiera para ver a sus amigos nuevos, cambió de humor - ella que está siempre chispeante y con la risa fácil - y se la veía agotada. De ella misma salió la petición del volver al cole antigüo porque, por lo menos, allí tenía amigos queridos. Así lo hemos hecho.

Ha sido una suerte que en su viejo colegio tuviesen una plaza, que no le pusieran pegas para volver. He tenido que poner cara y hablar con la monja directora, tocar la puerta humildemente y esperar a que me digan que sí. Han sido amables pero me han tirado las orejas… he tenido que bajar la cabeza y decir que acepto sus normas añejas, sus métodos “tradicionales” y etc., etc. De todo se aprende.

No estoy feliz, sino decepcionada. Me siento estafada ya no con el dinero, que no es poco, sino con esa promesa que he incumplido por confiada. No estoy feliz y debería estarlo porque, como dice mi hija, debería ser feliz con su felicidad. Pero a veces no es tan simple.

Como madres queremos lo mejor para nuestros hijos. Queremos que estén siempre contentos, que jamás se sientan abatidos ni derrotados. Daríamos la vida por saber que estarán siempre bien. Por eso me resulta aún más difícil aceptar que me he equivocado y que el conejillo de indias ha sido mi pioja.

Valeria ha vuelto. Está contenta otra vez. No es ni por casualidad el tipo de educación que soñé para ella un día; es la que hay. Me conformo porque no quiero seguir tocando puertas equivocadas a costa de su tranquilidad y no puedo evitar sentirme culpable por darle a la pequeña lo que la mayor no tuvo. Mi consuelo es que, dentro de lo que cabe, el cole es bonito, una infraestructura bien montada, las monjas son abiertas, hay profes que están bien (y algunos a los que no puedo ni nombrar)… pero como en todas partes.
El método es el mismo de siempre y tendré que morderme la lengua y ayudar a la pioja a repetir sin cesar las lecciones que le den e intentar hacerlas activas desde casa.

Ha sido un paso atrás... pero quiero pensar que tal vez nos sirva para avanzar. Que quizás, la "guerra" por una educación diferente se tenga que luchar desde el interior, desde el centro mismo del sistema actual y que la tarea de los locos que soñamos con esto sea seducir a otros padres y maestros con la idea de una escuela mejor. Así - tal vez - la escuela que queremos dejará de ser un privilegio y algún día todo cambie…

lunes, 5 de enero de 2009

El mundo gira...

Cuando estudié Relaciones Internacionales tenía la ilusión de comprender mejor el mundo y desmenuzar, aunque sea en teoría, las luchas entre países. Quería entender las razones de las guerras, los conflictos que nos llevan a matarnos unos a los otros, el porqué hay hambre en el mundo y cómo se pueden solucionar los problemas de la humanidad. ¡¡Qué inocente!! Después de los años invertidos resulta que sólo me han quedado más dudas y mas cuestionamientos y sigo sin entender la razón de las guerras (o más bien, entiendo que siempre hay una sola causa: la ambición).

Por deformación profesional -soy periodista- me trago todos los informativos que puedo. En estos días y con motivo de las Navidades había intentado desconectar un poco de la actualidad. Había dejado de ver noticieros, de leer la prensa y disfrutar de manera llana estos días de vacaciones junto a mis hijas.

Ha sido imposible. No se puede ignorar la noticia con la que hemos recibido el año, ni vendarnos los ojos ante más de 500 muertos en la peor masacre que ha sufrido el pueblo palestino en los últimos 50 años.

No quiero dar mi visión política porque aquí no toca. Sólo que ayer recibí un e-mail de mi amiga Ibone haciendo una reflexión como madre, ante los muchos niños muertos que hoy lloran otras tantas madres. Niños que, sin importar el bando que los acogía como familia, merecían tener más horas de jugar, más abrazos de sus padres y más risas junto a sus amiguitos. Porque aún en la más terrible de las guerras, los niños tienen esos derechos y sus madres la libertad de poder amarlos.
Recuerdo que exactamente hace un año, encontré a una compañera de la Universidad haciendo compras y nos saludamos cariñosamente. Me contó que después de varias experiencias laborales absurdas, había decidido irse a Gaza como voluntaria. Que pasaba la Navidad aquí, pero que tenía muy claro que su lugar era ese y que en cuanto pasasen las fiestas volvería al asentamiento para quedarse. Se sentía útil y además se había enamorado.
Le pregunté si no tenía miedo y me dijo que no. Que le daba más miedo quedarse aquí y saber que desde tan lejos no se pueden cambiar las cosas, digamos lo que digamos. Allá, un día repartía comida y otro día abrazos a quien lo necesitara y que por eso valían la pena las noches de zozobra y el no saber cómo o si te vas a levantar al día siguiente.
¡María, cómo te admiro! En estos días no he hecho nada más que pensar en ti y en si te alcanzarán los brazos para dar apoyo a tanta gente triste o te habrás unido a todas esas lágrimas.
Nada ha cambiado y es cierto. El mundo gira y sigue su ritmo. No ha parado ni por un segundo ante ésta u otra desgracia anterior. Y quiero pensar que no es falta de humanidad lo que tenemos, sino optimismo ante el futuro... ¿Me engaño a mi misma?

Niños

Cuando nos enteramos de que habían atentado en Barcelona, mi hija mayor y yo estábamos en una zona igual de concurrida y turística, pero e...