sábado, 10 de marzo de 2012

Las Voces Olvidadas

Hoy no puedo parar de pensar en los hijitos que no están. 

En que han dejado su huella para que pueda entender mejor el dolor que dejan -que me dejan, que nos dejan- sus pequeñas e inmensas ausencias. Para situarme en otras madres, para darles nombre de estrellas infinitas, y rezar. 

Porque veo jugar a Piojilla, y no sé de dónde reuní valor para intentarlo otra vez. Llena de miedo. Aferrada al "pre-par" como si fuera un rosario... ese fármaco que ata la vida a tu cuerpo (o lo intenta), que desata tu corazón en mil latidos. Una pastillita que te hace galopar angustiosamente el pecho... dando saltos sin parar; relaja el útero dice. Acelera el alma, pienso. Y nada importa. Todo es preferible a la contracción continua y a destiempo que anuncia el final. 

La dulce espera... no la conozco. Sólo embarazos agitados y revueltos. Que me dejan magullada por dentro. Estómago que no tolera nada... sueño interrumpido, útero incansable. ¿Cómo volver a intentar?

Mis luceros perdidos vinieron para irse. Para hacerme saber. Para conocer de cerca la felicidad y luego la inmediata tristeza. Flores de dos meses que dejaron sabores inconclusos y recuerdos para siempre. Miles de preguntas y la sensación de "no poder", de que algo no estaba bien. 

Nada te prepara para ser madre. Pero nada, realmente nada, te prepara para la pérdida. Y cuando la tripa ni se nota, cuando la semilla es incipiente... ni siquiera tienes derecho a quejarte. "Eres tan joven... vendrán otros". Pero no vendrá el mismo. Nunca. Nunca más. 

No leerán los diarios que empecé. Hice un diario a mis hijitos. Comencé a escribir cuando me descubrí embarazada de mi primera bebé.  Lo titulé "Diario de abordo" y conservo ese texto como una joya. Ella lo ha leído muchas veces... aunque no sé si de verdad entiende todo lo que quise decirle. 

Y así otra vez y otra. Empezar y dejar a medias. Recuerdo con tristeza que alguien me dijo que eso no era bueno... fue la misma persona que cuando me vio planchando, casi a escondidas, las pequeñas ropitas de mi hija mayor -para el que vendría- me dijo que eso traía mala suerte. Cosas de viejas. Casualidades malditas. 

Piojilla no tuvo diario ni heredó la ropa de su hermana. Me dio miedo empezar la historia y tener que dejarla sin terminar. Y sólo cuando ya había nacido resolví retomar el gusto de escribir y comencé el primer blog, que ya no existe. 

Busqué respuestas. Claro que las busqué. Y creo que a pesar de estar allí, delante de mis ojos siempre, no hubiera sido capaz de verlas sin hacer otros caminos. ¿Las habré encontrado? Quizá. Soy hipotiroidea desde hace muchos años. Pero no ha sido hasta hace seis que he atado cabos y elucubrado posibles causas. Quiero pensar que ha sido así... y que ha sido mi tiroides la que cortó los hilos de esas cometas que volaron al cielo... y que tal vez, si tuviera otro, no tendría que pasar por esto de nuevo. No me atrevo. 

De vuelta de la presentación en Madrid del libro Las Voces Olvidadas, muero de frío mientras espero el bus. Recuerdo todo como si fuera ayer y han pasado tantos años! Siento todavía la sangre brotar mientras se escapaba la vida. Sin poder retenerla... sin despedidas. Aterrada por no ir a un hospital y más aterrada al pensar en tener que ir. Y el dolor: El dolor de cuerpo que casi no significaba nada frente al dolor de corazón. Mis lágrimas ocultas. La soledad y el silencio. 

Lloro.






sábado, 3 de marzo de 2012

Aprendiendo a leer

Para hacer un cole maravilloso,
no se necesita mucho dinero, pero sí mucho amor

Piojilla descubrió las letras hace mucho, pero no ha sido hasta hace unas semanas que se ha interesado verdaderamente por entender lo que ponen, construir frases, darle verdadero significado a cada signo. 

La mayoría de sus compañeros leen ya y Piojilla sabe las letras pero no era capaz de hacer sílabas ni juntar palabras. No me preocupaba, en el sentido de que sé que algún día aprenderá, pero sí por el posible agravio comparativo: Me preocupaba el hecho de que el saber que sus compañeros leen y ella no, podría crearle algún sentimiento de frustración o tristeza. Pero no... ni pizca de ello. 

Una de las razones por lo que esto no ha sucedido (que Piojilla se sienta en desventaja respecto a sus compañeros) ha sido que en su colegio no "apuran" a los niños a leer. Les presentan las letras como símbolos de cosas que conocen; objetos con los que pueden jugar. No silabean, ni repiten una y otra vez ma-ma-ma, pa-pa-pa, y mucho menos rellenan fichas con la misma palabra 100 veces escrita, sino que descubren palabras enteras con algún tipo de significado en su pequeño mundo. 

Es decir, desde que son pequeños, tiene a su alcance "letreros" con sus nombres, días de la semana, menú de cada día, etc... con ellos, los niños hacen listas (por ejemplo de los alumnos que han venido y los que no. Cada niño conoce primero su propio nombre y poco a poco va "conociendo" los nombres de otros), de lo que comerán, del día que es hoy y a quién se nombra encargado de la jornada (eso es algo que les encanta: sentirse útiles y especiales; traer folios, hacer pequeños encargos, traer la merienda o pedir algo a la secretaria).  

Así, los niños saben y reconocen las palabras con las que se relacionan a diario: Pablo, mesa, pollo... pero Piojilla sólo atinaba las iniciales y de palabras enteras, nada.

Hace unos días en el patio, comenté a una de las profesoras del cole que como madre tenía la tonta sensación de que debía hacer "algo" al respecto porque Piojilla no leía. Ésta, con su alegre acento canario me dijo: ¿Cómooo? ¡¡¡Claro que lee!!! ¿No reconoce símbolos? ¿Cuando ve logotipos, a que sabe a qué marca pertenecen? ¿A que sabe la letra de su nombre y la ubica en otras palabras que ve? Claro que lee! poquito, pero lee. No digas que no lee. Lo demás ya vendrá... 

Me sentí feliz de no tener presión para presionar a Piojilla a alcanzar la meta de la lectura. Somos libres. Las herramientas están ahí, en la vida cotidiana. Es en el acto de vivir que descubrimos signos y le damos sentido. Al descubrir la letra, la palabra y la oración, al niño se le abre un mundo maravilloso. Pero todo a su tiempo. 

Antes de ayer fuimos al cine. Piojilla se paró frente a la cartelera y de repente masculló: SA - LA. SALA. SALA 4. Me quedé muda y le pregunté: ¿Qué dices? SALA 4. La peli es en la sala 4. Sonrisa de oreja a oreja por parte de la pequeña, seguida de un abrazo tan grande de su madre que por poco ahoga a la pobre Piojilla: Ya lees!!! Piojilla! Has leído!!  

De momento no sabe mucho más. Todo llegará. Pero el saber que el mundo de las letras -este mundo que me regala tantos momentos hermosos- está tan cerca ya, me emociona muchísimo. 

El año pasado pregunté a otra de las profesoras ¿a qué edad aprenden a leer los niños aquí? La respuesta me la dio sin dudar y encierra el alma y espíritu del colegio: Cuando están preparados. 

Efectivamente, ni un día antes. :-) 


Cinco

Mi pequeño. Mi dulce amor, bebé hecho de dulce y besos de azúcar. Cinco años que han volado y casi no puedo creerlo. Como si hubiera sido...