sábado, 16 de diciembre de 2017

Cinco


Mi pequeño. Mi dulce amor, bebé hecho de dulce y besos de azúcar. Cinco años que han volado y casi no puedo creerlo. Como si hubiera sido un suspiro: cinco desde que viniste al mundo tal y como tú eres. Fácil y tranquilo, llenándome de amor y poniendo cada pedacito de mi alma vieja en el sitio en el que tiene que estar.

Tú, mi chiquito feliz. Siempre conciliador y atento a los detalles… has crecido.  Me entra una nostalgia infinita porque esta vez sí es la última. Hace algo más de dos meses te destetaste de los últimos sorbitos que quedaban de mi leche de madre y dando unos besos a mi pecho vacío, despediste una de las etapas más dulces de mi vida.

Ha desaparecido mi bebé y hoy le digo adiós al acunarte, a alimentarte con mi cuerpo. Mi cuerpo, dador de vida y de alimento vuelve a funcionar solo para mí y aunque de cierta forma es como tiene que ser, es imposible no sentir tristeza por lo que nunca – nunca, nunca- más será.

Justo ahora cuando las madres cercanas anuncian su buena nueva, pariendo de nuevo a los cuarenta, a mí me toca cerrar y dejar pasar. Y peor que eso… tener la certeza de que ya jamás más estaremos tan cerca, que el hecho de que crezcas es perderte un poco cada día y que no hay juez más implacable que los hijos.

Que ahora me llenas de besos y en 20 años a lo mejor ya ni me dices adiós al irte de paseo. Que seré una espectadora desde el último anfiteatro. Porque así está diseñado todo y nadie te advierte de ello. Y es profundamente doloroso.

Te quiero hijo. Gracias por esta nueva perspectiva. Por ese regalo que fue tu llegada, sin anuncios y sin trámites. Por sorprenderme tanto: desde el mismo día de aquel positivo que me produjo asma ver y de aquel domingo cuando naciste casi sin avisar luego de un fiestón inolvidable. Por ser como eres, tierno y cariñoso conmigo, por arrancarme sonrisas cuando estoy enfadada. Por decirme “siempre hay una solución”.  

Gracias hijo por hacerme sentir madre.  Feliz cumpleaños.


Y esta sería la estampa hoy... mi bebé tan soñado durante años, el de la bandolera verde, ya no es más un bebé.
Las niñas han dejado de serlo. Mi bandolera amada ya solo lleva el recuerdo de lo que mis maternidades dejan.



martes, 17 de octubre de 2017

Efecto mariposa

No sé si con el paso de los años me estoy volviendo ñoña... pero cada vez valoro más la rutina, la normalidad, el que nuestras vidas sean despertar, llevar niños al cole, al parque, a cumples, ver dibujos, plantar semillas, barrer hojas en el patio, hacer comidas y cenas, ir al mercado, reunirnos los findes, poner lavadoras, dormir agotados, cogernos de la mano, visitar a los abuelos, preparar la navidad y todas las fiestas...
Bendito privilegio que cada día sea igual, todos tan comunes y corrientes; que no tengamos sobresaltos, que nuestras discusiones sean porque se acabó la leche y nadie avisó, porque en vez de las 6 eran las 7 cuando llegó marido, que estemos sanos y que no nos demos ni cuenta hasta que nos resfriamos.
Que no tenga ganas de irme de puente porque quiero estar en casa (y eso que no salgo nunca de casa, que es lo que tiene trabajar en ella), despertar tarde, disfrutar de los macro desayunos que hace mi amor, sacar al perro, limpiar nuestro hogar, mirar una peli y comer palomitas. Esperar que mi hija mayor llegue a casa (sana y salva) y me cuente las cosas chulas de la universidad, tierra de sueños. Desear buenas noches a mis hijos pequeños, verles dormir, verles despertar, mirar sus manos negras de tierra y juego.
Y todo esto lo escribo con lágrimas porque antes no me daba cuenta de que la normalidad de lo cotidiano es lo que más se acerca a la felicidad. Que antes ambicionaba no sé muy bien el qué. Pero de repente esa sensación de "lo efímero de la vida" entró en la mía y ya no se me fue nunca.
Y cada vez que me enfado de algo absurdo me golpeo el pecho y pienso en lo boba que soy. Que debería ser más como el piojillo, que siempre tiene solución para todo. Conciliador y práctico que es él con la sabiduría de sus 4 años. Que me tengo que quejar menos... agradecer más. Reñir menos a mis hijos cuando hacen cosasdehijos.
Llevo unos años entendiendo que de eso va todo... luchando contra mi mal humor, tratando de escuchar más, de dar más amor... y qué difícil. Lo intento cada día porque sé que un día igual a otro es lo mejor que nos puede pasar y antes no tenía esa certeza. Que la vida hace pito pito gorgorito y el caos pasa por tu lado, casi rozándote pero sin darte. Simple casualidad. Mañana quien sabe.
Y me da pánico que una llamada, una analítica, o el efecto mariposa lo cambie todo de repente. :-(

jueves, 5 de octubre de 2017

Parir, el poder del parto

Ibone Olza fue la primera persona que llegó a casa a celebrar la llegada del bebé. Fue recibida por la hija mediana, que con la solemnidad que la caracteriza le informó muy seria: Aquí ha habido un parto.  Se notaba: El olor, dulce y extraño, todavía permanecía en la casa… pero especialmente la luz, el calor – como muy bien cuenta Carol sobre el suyo en el spot de Flex- y un indescriptible halo de amor que lo envolvía todo. La familia no solo estaba enamorada del bebé, sino unos de otros.  
La madre recién parida era yo, y el recién nacido, mi último hijo: El piojillo. El éxtasis dura todavía.


Nos vimos dos días antes en la presentación de su libro Nacer por cesárea que coincidió con un momento muy intenso para mí, que cambió el rumbo de aquel futuro por llegar y en el que también estuvo sosteniéndome…   Y la noche previa al nacimiento: en la fiesta maravillosa de bendición de parto que me había organizado mi hija mayor junto a mis cómplices amigas. Sus abrazos y mis lágrimas emocionadas liberaron un volcán de oxitocina que precipitó todo…


Cuento esto porque leyendo su reciente libro: Parir, el poder del parto, no he podido dejar de recordar cada detalle y el contexto de aquel día (y de mis otros partos, tan diferentes y  las tantas lecciones que dejaron cada uno), ordenar las piezas y encajar perfectas, cual un puzzle con toda la evidencia científica que nos presenta. Me he sentido emocionada y privilegiada por haber podido sentir, en mi ser: cuerpo y alma, la diferencia.

Leer a Ibone es como escucharla. Y para mí, que la tengo tan cerca, siempre es un placer oír de su boca lo importante de recibir a los bebés con amor, de ofrecer a las madres ese espacio de libertad y cuidado para poder parir como deseen.

Parir, el poder del parto (Ediciones B, 2017) es un libro absolutamente imprescindible para los profesionales de la salud materno-infantil y que fácilmente se puede entender por madres y padres. Se degusta desde la primera página, con un delicioso prólogo escrito por Iciar Bollaín, y nos lleva de la mano, con el lenguaje cálido, claro y científico que caracteriza a Ibone, hacia el milagroso momento de traer al mundo a un bebé. Nos cuenta todo lo que tiene que estar en su sitio -como si se tratara de una danza perfecta y delicada- para inaugurar la vida y el amor. Nos ofrece múltiples estudios, autores y citas (ella es amante de leérselo todo y su fuerte son las publicaciones científicas) para comprender mejor por qué es tan importante respetar aquella magia de hormonas y de piel.

Y también qué ocurre cuando no se respeta. Los aspectos psíquicos y físicos de un mal parto, incluso traumático, y las secuelas que ello puede dejar de cara a la edad adulta. Nada es gratuito…  Queda en la memoria de madres e hijos. Una vez más, desde la neurobiología, Ibone habla sobre las consecuencias de interferir con el proceso y cómo, cuando la intervención es necesaria pero respetuosa e informada, las madres viven la experiencia de otra forma.  

Parir, el poder del parto es un libro que resume, documenta y evidencia diferentes facetas en torno al parto y nacimiento, no solo desde el argumento científico, sino desde el emocional, los testimonios y, el a veces, camino doloroso que significa comprender, aceptar, que nuestros partos no fueron lo que esperábamos… y la energía poderosa que se te queda en el cuerpo y en el cerebro cuando es gozoso. Las activistas lo sabemos. Algunas hemos tenido el privilegio de saborearlo…


Recomiendo leer a Ibone no solo por el cariño inmenso que le tengo, sino por la gran maestra que es y cuánto la admiro como profesional. Y le agradezco a la vida que los nacimientos de nuestros hijos nos hayan unido para, como ella bien dice en el libro que me ha dedicado: “que sigamos aprendiendo juntas, por las madres, por los bebés”. 




*Parir, el poder del parto se presenta en Madrid mañana 6 de octubre a las 19:00 hrs. en el FNAC de Goya. 

lunes, 25 de septiembre de 2017

Un parto triste. Uno más.

Copio y pego, con permiso de la madre, este testimonio.  No he cambiado ni he editado ni una coma para que llegue tal cual es. 

Me gustaría que llegase a matronas y demás sanitarios de la atención al parto. Especialmente a quienes dicen que esto no pasa, que es algo excepcional. No lo es. Todos los días me llegan relatos parecidos y se pueden leer en páginas como la de El Parto es Nuestro o Donallum, experiencias similares. 

Como siempre terminan los debates con un "es que en realidad se ha sacado de contexto", quisiera decir que lo que pase en un parto es importante, pero lo es más el contexto... es cómo la mujer lo vive, lo siente y lo recibe. Cómo es acompañada, sostenida. Puede ser un parto fácil o complicarse. A veces las intervenciones son necesarias.. Ser de vida o muerte o acabar todo muy mal. A lo mejor era algo que iba a pasar de todas formas... La diferencia es cómo se atiende a esa mujer y cómo se cubren sus necesidades.
Demasiadas veces salimos del parto rotas en vez de empoderadas. Con la sensación de no valer, de no haber sabido hacerlo mejor. ¿Hasta cuando?

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Llevaba semanas con pródromos. En mi primer parto todo empezó muy mal: rompí el agua teñida, sin estar de parto, me puse muy nerviosa, fui al hospital y allí me llevé el pack completo del vaginal instrumental después de 15 horas, bebé en posterior total. Siempre lo achaqué a mí falta de información y a los nervios que me dio el hecho de que el agua teñida me rompiera el plan desde antes de empezar. Además sufro estrés postraumático desde la infancia y estoy sobrealerta ante la perspectiva de dolor y de indefensión. 

En este embarazo he hecho trabajo mental, pero mi cuerpo no me ha acompañado. Una matrona del hospital me ha explicado que tal vez yo sea una de esas mujeres que en otros tiempos habría acabado mal. 

Esta vez la cosa empezó mejor. Como digo, llevaba semanas con pródromos. El viernes 15 estaba echando la siesta cuando empecé a sentir contracciones, tenía más sueño que molestia así que no les dí mayor importancia porque ya llevaba días sintiendo dolores menstruales fuertecillos, irregulares. Al cabo del rato empezaron a ser más molestas, ya no podía seguir en la siesta y me levanté a mear. De camino al baño rompí la bolsa a las 17:30 más o menos. El agua estaba clarita, como con posos blancos, y me puse contenta! La fui recogiendo para beberla, había leído que podía facilitar un mejor parto. Estuve tranquilamente con la bola y tranquila en casa hasta las doce, estaban siendo más fuertes aunque irregulares, ya no estaba muy tranquila porque algunas eran muy seguidas, en casa había una persona para cuidar de mi hijo que no era de mi entera confianza, ya no me sentía cómoda y me fui a pasear a la calle aprovechando que no había nadie en el pueblo y había dejado de llover. Estuve con mi pareja paseando casi una hora, cuando ya eran dolores algo más regulares e intensos. Llegamos al hospital a la 1 y pico de la mañana. Elegí el otro hospital provincial por la mala experiencia anterior, este es más pequeño y familiar, aunque tiene fama de practicar más cesáreas. 

A partir de ahí se torció todo. Cuando llegamos me monitorearon, efectivamente estaba de parto. El problema es que llegamos dos a la vez y sólo quedaba una cama en el área de partos. La otra chica era primeriza y estaba llorando, quería la epidural. La ginecóloga de guardia fue muy borde con ella, gritó también a un par de enfermeras y ahí a mí se me empezaron a alejar las contrataciones... Me puse nerviosa. 

Bueno, una matrona me vino a coger la vía. Pedí vía porque mis venas no son muy fáciles y me daba miedo que en una complicación no me la pudieran poner. Bueno, pues en el primer intento me rompió la vena. Intentó el otro brazo e igual. Mucho dolor. Entonces no se le ocurrió otra cosa que ir a pedir ayuda para colocar la vía porque "ha llegado una bolsa rota con malas venas y además con crucigramas". Lo oí y me vine abajo. Tengo cicatrices en los brazos porque de joven me autolesionaba. Por fin me colocaron la vía, que al cabo de las 12 horas siguientes hasta que nació mi hijo se colapsó varias veces y me la tuvieron que cambiar dos veces. No me dejaban beber y el suero no fluía... Tengo aún las muñecas hinchadas y casi no pude sostener a mi hijo, pero entiendo que eso no es culpa de nadie. Sin embargo el comentario de los crucigramas......... ¿Se puede tener menos sensibilidad?

Paso a hacer el tacto con la ginecóloga y allí el primer palo. Me hace mucho daño, sangro y resulta que sólo estoy de 2 cm. Flipo! Con lo que me duele ya y habiéndose parado las contrataciones... Puffffff. Le digo a la gine que vaya bajón y me dice que a ver si soy la del plan de parto, y que a ver qué me pensaba, que el niño viene en sacro y que me espera una buena. Que ya me comentará la matrona que me atienda pero que lo del plan de parto es una barbaridad, que por supuesto que en la cesárea se atan los brazos, que si soy un instrumental me olvide de corte tardío y que bueno, que los protocolos son así. Y yo pensando... A ver, que no ha empezado y ya me está hablando de complicaciones!! Bueno, muy borde, pero no quiero pelear. Me ofrece manejo expectante a ver si arranco u oxitocina. Me dice que ya que sólo hay una cama y la otra chica tiene claro que quiere epidural, me lo piense rápido a ver quién se queda con el sitio oficial y a quien tienen que buscar otra sala. Le cedo el sitio a la otra chica y acepto el expectante. 

Pues bien, yo pensando que me iban a poner en algún otro sitio que no fuera una sala de dilatación. ME MANDARON A LA SALA DE ESPERA. Allí con familiares y mujeres en distintas urgencias, máquinas de café, etc. Al rato fue mi marido a ver si no había ningún otro sitio. Me metieron en un pasillo de personal, con celadores para arriba y para abajo en una silla de plástico. Al rato fue mi marido a decirles a ver si nos podíamos ir a Cruces. Yo llorando de flipar, no podía concentrarme, me dolía mucho. Bueno, al final me dijeron que en planta había una habitación libre, que podía esperar allí. Me dieron una pelota que era pequeña y estaba deshinchada. Al apoyarme en la cama, la cama se cayó porque estaba rota y se la llevaron. Oía a bebés llorar en la habitación de al lado, así que no quería hacer ruido.

Estaba de madrugada en planta!! Con mujeres recién paridas y bebés!!! Cómo voy a gritar? Ah! La habitación estaba vacía porque no funcionaba la calefacción, aquello era Invernalia. Pedí un tacto a las dos horas y estaba de tres centímetros. Me hundí. Pedí la epidural sabiendo que ya se iba a joder gran parte de mi experiencia. Muy triste y derrotada. A eso de las 6 ya estaba en área de partos y me vino a ver el anestesista residente. Que era un joven muy guapo y muy insolente que me hizo sentir puta mierda. Para entonces yo gritaba y me dijo que menudo marrón el tattoo que llevo y que más me valía estar quieta o se piraba. 

Echaron a mi pareja y se quedaron la matrona, una enfermera y él. Tardó mucho, yo tenía muchas ganas de pujar, pedí por favor a la matrona que me abrazara para no moverme, llorando, echa polvo de la cabeza, y el anestesista me hizo saber que ellas no estaban para eso. Tenía tal golpe de calor que se hizo un charco en la sábana de lo que me goteaba la cara, no pegaban los esparadrapos y la enfermera estaba súper enfadada. No me habían dejado tomar agua desde que llegué por la noche porque "las de partos naturales acabáis en epidural o peor y luego el problema es nuestro". Allí el único problema era un tatuaje que tiene espacio de sobra y mi sudor. 

No soy una persona de mucho sudar, no entiendo qué pasó. Pasé mucho miedo porque me decía que no empujara y yo no podía retenerlo, en mi primer parto no sentí pujos, aquello era incontrolable nadie me agarraba y pensé que me iba a quedar parapléjica. Pedí ayuda a mi hijo del útero, a mi madre que me parió en esa misma planta y que murió una más abajo, todo esto a gritos, luego me avergoncé mucho, sólo me decían "para". Bueno, pues por fin me puso la epidural, me dijo que en diez minutos notaría mejoría, y que me quedara boca arriba para que se repartiese bien la anestesia. Me dolía cada vez más y vinieron a verme en 20 min, a todo esto mi marido seguía fuera y yo sola porque nadie le avisó. La anestesista que supervisaba al guapo llegó a la conclusión de que el chaval habría puesto mal el catéter. Vuelta a empezar. Yo ya estaba desguazada. 

Yo ya pedía anestesia general y de todo, sólo quería desmayarme. Los pujos eran irresistibles y nadie me agarraba. Cual es la sorpresa que el catéter está bien puesto!!!! Me lo vuelve a poner en otro sitio (tengo la espalda destrozada) y dice, que hagan un tacto porque esta mujer va por delante de nosotros. Efectivamente, 9 centímetros. De 3 a 9 en una hora puede ser? No lo sé si midieron mal o progresé de golpe. Pero ahí estaba de 9. Ya a esas alturas solo quería empujar y parir pero ya no pudo ser. Al rato tenía las piernas totalmente dormidas.

Ya sin dolor llegó mi marido desquiciado porque pensó que me había pasado algo, lo habían sacado casi una hora a la sala de espera. En ese momento la matrona nos dijo que el plan de parto blablablá, que no se podía ir al hospital a pedir eso, que a ver de dónde lo había sacado, a ver si había hecho yoga para embarazadas. Yo le dije que por favor me dejara en paz, que estaba hundida, que me hicieran lo que quisieran, que quería acabar ya. Por suerte llegó el cambio de turno y una matrona mucho más cariñosa.

Me dijo que no iban a poner oxitocina debido a lo avanzada que estaba, pero que iban a verme bastantes estudiantes, y que me querrían tactar al ser un sacro etc. Efectivamente, la ginecóloga volvió en varias ocasiones con distintos estudiantes. Más de diez personas me tactaron, sin contar a las tres distintas que ya lo habían hecho. A mí ya me daba igual todo. No sentía nada de ombligo para abajo, se me hincharon las piernas, en fin. Desde la media hora de poner la epi estaba de completa, con un pequeño reborde. Pero claro, ya no sentía pujos. 

La nueva matrona me dijo que iríamos haciendo a ratos espera, a ratos vendría a indicarme los pujos. Así lo hicimos. Y llegó el que parece ser el gran problema de mi cuerpo, y es que empujo super bien (también me lo dijeron en mi anterior parto, que empujaba de máster) y tengo una gran musculatura pélvica, pero demasiado espacio en la pelvis así que los bebés no se me encajan, cuando no empujo suben para arriba, y como los dos han venido mirándome de cara y es peor postura... Y que este bebé era muy grande (4kg exactos y 51cm, ya ves tú). Pero vamos, especialmente que se sube. 

Y entonces decidieron poner oxitocina para hacer contracciones más fuertes. Admití, pensé que sería el último estirón y que sería poco rato. Bueno. Pues ya de completa, expusieron a mi bebé desde las 9am hasta las 13:24 que nació a oxitocina sintética, viniendo cada 20 min a hacer tres pujos y volviéndose a ir. Cada 20 min gente nueva a tactar. Y ya el golpe final. Pregunto que a ver por qué llevo tanto tiempo con lo que me parece un abandono y me dicen que todas las que estamos vamos a ser instrumental o cesárea y que el equipo no da a basto. Acto seguido viene la gine y me dice que tengo bastante hueco por abajo para meter la ventosa, pero que el bebé está demasiado arriba. 

Que si tengo suerte igual no tengo que esperar mucho para pasar al quirófano pero que tienen a otra por delante con sufrimiento fetal. Le digo que a ver qué cojones me está contando de quirófanos si ni siquiera nos hemos puesto a empujar de seguido, y me dice que harán lo que puedan para ayudarme a parir pero que si a estas alturas de la película no me ha quedado claro que las cosas no son como en los planes de parto. Me tienen con el plan de parto hasta el mismísimo. Me echo a llorar y le digo que haga lo que quiera absolutamente pero que me saquen al niño ya, que lo único que quiero es perderles de vista a todos. Bueno, pues me traen acetona para el esmalte de uñas, y que me quite los piercing. 

Vamos a pujar. Vienen las del quirófano con una camilla, me ponen gorrito y todo preparado. Entra una ventosa y nada. Segundo intento, con una ventosa como eléctrica. Al primer pujo fuera. Episotomía. Corte precoz del cordón. Bebé perfecto 9/9 apgar, aspirado nasal y eso, le retiran la grasilla. Piel con piel, yo no lo quiero ni ver. Después se olvidan durante tres horas de subirnos a planta y me niegan el alta precoz a las 24 h, que finalmente conseguí después de reunirme con medio hospital a decirles que o me dejaban ir o me iban a tener que trasladar a psiquiatría.

El parto no fue respetado, pero yo tampoco valgo para parir. No sé si lo de mi pelvis que no encaja tiene sentido, pero desde luego no soporto el dolor, mis bebés no vienen en buena posición, no progresa mi dilatación, yo que sé. Tengo 30 años y no descartaba tener un hijo más si encontramos trabajo el día de mañana pero creo que me voy a ligar las trompas. Estoy derrotada, así es, pero sigo adelante y especialmente delante de todo el mundo, porque tener un niño sano debe compensarlo todo. Por supuesto, ahora ya tengo vínculo con mi bebé pero la sensación sigue siendo horrible para mi autoconcepto y suma otra muesca más en los palos que me da la vida. 

Gracias por todos los ánimos que me disteis en mi anterior post y por todo el apoyo en estos meses. Este es mi hijo Sugoi.  

sábado, 19 de agosto de 2017

Niños


Cuando nos enteramos de que habían atentado en Barcelona, mi hija mayor y yo estábamos en una zona igual de concurrida y turística, pero en Madrid. Podría haber pasado allí perfectamente... Al llegar a casa y ver las noticias, solo me salió maldecirles al mismo tiempo que llorar y decir que no entendía tanto odio contra gente inocente.  Niños muertos, familias rotas. Familias como la nuestra. Y entonces mi hija mediana, 11 años, dijo:

“Porque seguramente nadie le trató nunca con amor. Ni siquiera cuando fue pequeño”.

Los adultos que estábamos allí, que éramos unos cuantos, le miramos con condescendencia. Alguien se atrevió a decirle que se callara. Que no sabía nada, que era una niña y que todo era mucho más complejo. Mi hijita calló. Me dormí con tristeza y sensación de vulnerabilidad absoluta.

Y luego las noticias otra vez… la imagen de tres chavales. Y él, el asesino…  cinco años más pequeño que la mayor de mis hijos. Son unos niños!!! Y la tristeza inmensa otra vez.

No quiero que se me malinterprete. Condeno absolutamente los hechos. Entiendo el dolor que han dejado en las familias, en la ciudad, en el país.  Pero desde que he visto esas fotos no paro de preguntarme qué ha pasado. En qué momento un niño llegado a España con 3 años, que hablaba perfectamente el catalán, que jugaba fútbol en la calle con sus amigos… cambia. En qué momento empieza a llenar su cerebro y su alma de odio y tiempo después decide coger una furgoneta y llevarse a todos por delante.  Dónde hemos fallado como sociedad para que esto ocurra y en qué medida es nuestra responsabilidad.  Porque desde luego, esto no ha pasado en cuatro días.

Y me pregunto más cosas: Qué diferencia entre Moussa y un chico en EEUU que un día decide coger un arma y matar 15 compañeros en su clase. Pegarse un tiro. Qué pasa por esas mentes y en qué momento deciden que no importa nada. Ni su propia vida. Ni la de otros.

Nada es casualidad. Y me explico.  En estos dos días he leído muchos artículos relacionados. Especialmente uno en El País Semanal: “Fabricando a un yihadista” en el que cuentan las situaciones en las que llegan algunos de estos chicos.  Pobreza, familias rotas… nadie que cuide de ellos de ninguna forma.  Poco amor.

Y la sensación de no pertenencia. De que tu piel, tu apellido, tu origen te marca para siempre.  Es muy difícil crecer sintiendo que no se te acepta. Y de esto puedo hablar en primera persona porque me ha pasado mil veces que me han mandado “a mi puto país”…  También recuerdo con tristeza las veces que mi hija fue discriminada por su color de piel y sus rasgos. Como aquella vez que jugando en el parque otras dos niñas se le acercaron para decirle que “las cuidadoras no podían usar los columpios”.  Poniendo énfasis en cuidadora, como si fuese el mayor de los insultos.
Pequeñeces. Júntalas todas.

Y entonces se me cae todo lo aprendido. No me sirve de nada todo lo que leí, lo que nos enseñaban en “guerra y paz en el mundo contemporáneo” … Patrañas.

Vuelvo a mi hija de 11 años. La que cree que solo les faltó amor.  Y lloro. Porque finalmente creo que estos chicos han sido herramientas del verdadero terrorismo. Los verdaderos desgraciados están viendo todo desde su pantalla; festejando.  

Y sí: Quiero criar para la paz y enseñar a mis hijos que no hay diferencias entre ellos y otros.... pero es tan difícil. Se han llenado de mensajes horribles las redes sociales y de insultos a unos y otros. ¿Cómo escapar a todo eso?

Moussa ha muerto. Quedan muchos Moussas. Estos niños nos matan. Pero nosotros disparamos primero.


jueves, 3 de agosto de 2017

Gracias por tanto...

Puede sonar raro, pero soy una enamorada de las tetas. Y si me conoces, me habrás escuchado decir que si existe un dios, a lo mejor se llama Teta. Cuanto más conozco de su funcionamiento y todo lo que son capaces de hacer, más admiración tengo por su perfecta sincronía, por sus poderes curativos, por su increíble adaptabilidad, su vida interior, etc, etc, etc.... 

Piojilla 2006
Mis tres lactancias me han enseñado muchas cosas. Especialmente la lactancia de la Piojilla, en la que tuve tantas dificultades y que me salvó -literalmente- la vida.  Básicamente, si no hubiera buscado un porqué para aquella hipogalactia, me hubiera enterado en el hospital y de mala manera, de la enfermedad autoinmune que padezco. Y desde luego, me cambió la perspectiva de todo... jamás volví a decir que la que no da la teta es porque no quiere. 

Durante estos años dando la teta, con periodos de sequía por el tiempo que entre hijo e hijo se llevan, he visto cómo mi pecho ha hecho su función en tres etapas distintas. De la nada, leche. De la leche, vida. Salud. Mimos. Sueño. Amor. Y así como he atravesado periodos duros y difíciles, también he disfrutado enormemente del placer de amamantar. 

Mis tetas me han enseñado que nada es blanco o negro. Que es un milagro, y una demostración de poderío, el hecho de que las madres amamanten a pesar de los tantos obstáculos que nos ponen sanitarios sin formación en lactancia, compañías lácteas con agresivas campañas de marketing, entorno difícil y poquísimo apoyo social para algo tan hermoso como es alimentar a nuestra progenie.

He aprendido que a veces, un biberón puede salvar una lactancia. Que las madres no siempre se sienten apoyadas en los grupos de apoyo. Que antes de sentenciar una lactancia (o a una madre) tenemos que hacer el ejercicio de imaginar todos los posibles escenarios que puedan estar haciendo que esa madre quiera tirar la toalla. Ofrecer escucha y atender a lo que esa madre nos cuenta, no a lo que a nosotros nos parezca "exitoso". Si finalmente da la teta (o no) el mérito no es nuestro. Como bien dice mi querida Ibone, el pecho no es lo mejor y en lactancia a veces lo mejor es enemigo de lo bueno. 

Y luego, mi propia historia... los miles de recuerdos acumulados. Los instantes que no volverán. 
Hace tiempo vi una página americana que hacía joyas preciosas con leche materna. Parecerá una rareza... pero son tan bellas que me moría de ganas por tener una. Me parece precioso y símbolo de la maravilla que supone amamantar.
Encontré por casualidad que en España también se están haciendo... pero me temo que ya no podré acceder a ellas. Hace un tiempo que siento no tener leche, y no me atrevo a intentar extraerme porque me daría mucha pena si no sale nada; no sé si estimular el pecho solo para eso tenga sentido. Quizá sí?  Mi piojillo dice que sí, que sí tengo, pero creo que me lo dice por amor.  Y me dice que la leche sabe a mamá. He estado sacándome fotos con él para que algo quede, aunque no tenga nunca la joya anhelada. 

Y efectivamente e inevitablemente... todo llega a su fin. Este último hijo me ha dado la oportunidad de sanar muchas heridas en torno a mi lactancia anterior. Llegó sin avisar, dulce, regalándome momentos maravillosos. Con cuatro años y medio ya no mama a diario, ni mucho tiempo... ni siquiera sabe hacerlo como cuando era bebé. Ya no le hace falta para buscar consuelo, ni para conciliar el sueño y es casi anecdótico el que se ponga a la teta. Es cuestión de tiempo, muy poquito, hasta que ya no mame más. Son nuestras últimas veces. Nunca más amamantaré a un bebé mío. 

Y por eso este post. Porque mis tetas han sido sabias. Han hecho lo que tenían que hacer y vuelven a su ser, tranquilo y reposado. Ha sido hermoso y quería darles las gracias. 








miércoles, 2 de agosto de 2017

Duelo perinatal, leche materna y amor

Me ha llegado el texto de una madre que generosamente ha querido compartir su experiencia como donante de leche materna después de una muerte gestacional. 

En la Semana Mundial de la Lactancia Materna, que este año tiene como lema: Construyendo alianzas para proteger la lactancia: por el bien común, sin conflictos de interés -"Juntos podemos hacer que la lactancia sea sostenible", me parece importante este testimonio para que se conozca que este tipo de donación es posible y que puede ser de ayuda en el duelo, especialmente si se cuenta con profesionales empáticos y respetuosos alrededor. Es un texto potente y lleno de amor que copio tal cual me ha sido enviado para no modificar ni el sentir ni el deseo de la madre al compartirlo. 
  
Gracias Paola por ponerme en contacto con esta madre. 
Y un millón de gracias Yessi por tu generosidad y amor. 


Al amor por el dolor…Mi experiencia de donar leche materna, tras la muerte gestacional de mi pequeño Miguel

Recuerdos de amor...
Nunca sabré cuándo el corazón de mi hijo dejó de latir en mi vientre.  Yo me alarmé aquél viernes 4 de noviembre por la noche, porque después de cenar no notaba sus movimientos y él cuando yo comía, se ponía muy contento.  Ya en el hospital, al que acudimos de urgencias, los médicos confirmaron que su pequeño corazoncito había dejado de latir con 34 semanas, seis días y 2.600 kg de peso, y mi vida se precipitó al vacío más aterrador y absoluto del cual aún hoy lucho por salir.  Verle fue un gran alivio… era perfecto. Tres malditas torsiones del cordón umbilical, imposibles de detectar, según la autopsia. Desde entonces hasta ahora, vivo en una pesadilla de la que tengo, de vez en cuando dulces despertares, gracias al amor de mi marido y mi otro hijo Juan Antonio, con quienes comparto lo bueno que tengo y con quienes me curo de lo que me hace daño.  Una mamá, que es todo corazón, llamada Cheli Blasco; me motivó a contar mi experiencia de donar la leche.   

En medio del dolor que suponía no tener a mi hijo con vida, tuve la noche de la vuelta a casa, tres días después del parto; una ingurgitación mamaria severa, pese a la medicación que se me había administrado para atenuar la bajada de la leche materna.   No sabía qué hacer, pues una solución era utilizar el sacaleches, pero se me aconsejó en el hospital, no estimular las mamas de ninguna manera. 

Durante el tiempo que estuve pensando qué hacer, vino a mi mente la posibilidad de donar la leche materna, si aún podía hacerlo.  Tenía dudas si habiendo tomado cabergolina, podría donar la leche.   Al ser víspera de festivo y de noche (8 de noviembre 2016) no pude obtener información telefónica para saber si podría donar la leche o no.   Aguanté la noche como pude con paracetamol y al día siguiente llamé al Hospital General de Collado Villalba y la persona que me atendió, se sorprendió que le preguntase por un Banco de Leche Materna.  Al final decidí ir con mi marido al Hospital donde había parido, para informarme sobre la donación y me orientaran qué hacer con las mamas.  Una matrona me ayudó a base paños fríos y calientes a reducir un poco el dolor y despejó mi duda sobre donar la leche, sí se podía!..   Contenta porque se podría aprovechar mi leche, continué en casa aliviándome con calor y frío y el jueves siguiente, llamé al Hospital 12 de Octubre, donde la Dra. Clara Alonso, responsable por entonces del Banco de Leche Materna, me orientó sobre mi petición y me citó para una entrevista al día siguiente.  Mi marido Antonio, me acompañó en todo momento y me apoyaba mucho.

La atención de la Doctora Alonso, fue muy amable, primero quiso hablar de lo sucedido con mi pequeño Miguel, fue muy cercana.  Le sorprendió que en el Hospital Puerta de Hierro de Majadahonda, nadie nos hubiese remitido a un grupo de duelo para padres, ni nos derivaran a ningún servicio psicológico de seguimiento.   Nos comentó su interés por informarse de las próximas sesiones en el Hospital Doce de octubre y que nos diría más adelante la forma de acceder a esta atención profesional tan necesaria en nuestro caso.  Posteriormente, nos contó cómo funcionaba la donación de leche materna y los requisitos que se debían reunir para ser donante.

Tras realizar la entrevista, se me practicó una analítica de sangre y se me explicó todos los pasos a seguir para una adecuada extracción de la leche para donar.   Ese mismo día, pese a que debía esperar para saber si era admitida como donante, se me indicó que podía empezar a sacarme la leche y almacenarla.  Para esto, se me facilitó todo el material necesario. 

A los pocos días, recibí una llamada de la Dra. Alonso comunicándome la admisión como donante.  También recibí en casa unos días después, una carta tipo donde se me comunicaba por escrito, dicha admisión, pero que por su contenido, era la misma que enviaban a madres con bebés nacidos vivos.  Este hecho no me afectó mucho, pero si fui consciente de ello y me entristeció un poco. Supuse que no era muy habitual, tener donantes de leche materna cuyo hijo hubiese fallecido. 

El proceso de extracción de la leche fue muy positivo para mí, mi entorno más cercano lo comprendía y me apoyaba.  Pese a ello, también hubo amistades que no lo entendían y consideraban que lo único que quería era recrearme en mi dolor.  Y sucedió, como casi siempre que tomo una decisión desde el corazón; todo lo contario.  Las extracciones de leche me daban una ocupación en mis días más tristes.   Me llenaba de esperanza saber que, si hacía todo correctamente, aquella leche iba a servir a muchos pequeñitos que por diversas razones no podían ser alimentados por sus mamás o necesitaban ayuda extra.  No sentía en ningún momento que confundiese las cosas, y tenía la certeza y la paz de que mi hijo Miguel estaba de acuerdo conmigo en aquel objetivo.

La entrega de biberones y la recogida de nuevo material, durante los casi dos meses que realicé la donación, fue siempre muy cómoda y no me importaba para nada la distancia de mi domicilio hasta el hospital, para hacerlo con gusto.  Algo muy positivo había en todo ese esfuerzo que me movía, me daba felicidad y sin saberlo, me ayudaba en mi duelo.  Desde el Banco de Leche, todo fueron siempre facilidades, incluso para aparcar el coche en la puerta, pues salía una profesional con un carrito a recoger la leche a pie de rampa en el Área Materno Infantil para que no tengas ni que bajarte del coche o te facilitaban un pequeño descuento en un aparcamiento cercano.   Todo se coordina telefónicamente y en función del número de biberones, podías llevarlos cada quince días.  

Decidí dejar de donar la leche materna cuando después de la primera regla del posparto, tuve una disminución importante en la cantidad de leche que me extraía y vi, con cierto malestar, que era el momento de dejarlo.  En el Banco de Leche, me habían dicho que el tiempo de donación era voluntario y que si no me encontraba cómoda o ya no quería hacerlo podría dejarlo cuando quisiese. 

De no haber disminuido de forma tan importante, la cantidad de leche, creo que hoy estaría donándola sin problema, pero éste hecho tan objetivo, me hizo darme cuenta que quizás mi cuerpo ya había cumplido su cometido natural.

Mi matrona, Pilar Toledano me ayudó mucho en este proceso, aplaudió mi decisión e incluso me fue comentando consulta tras consulta los beneficios para mi cuerpo y su recuperación, con la extracción de la leche.   Me comentó por ejemplo,  que al amamantar o extraer la leche se produce una liberación de oxitocina que ayuda a las contracciones del útero y a la estabilidad emocional, hay un menor sangrado durante el puerperio, la distención del útero se va reduciendo progresivamente y se previene un futuro cáncer de mama. 
Cuando tomé la decisión de dejarlo, mi matrona me aconsejó hacerlo poco a poco y fui paulatinamente reduciendo las extracciones diarias.  Cuando estuve preparada, coordiné la devolución del material y los últimos biberones con el Banco de Leche.   Como el día que disponía para entregar todo era víspera de festivo, tuve que ir al Área de Neonatos, porque el Banco estaba cerrado al público esa tarde.   Allí, la pediatra de guardia me atendió muy amablemente y recogió todo el material y la leche.  El destino quiso que ese día, viese con mis propios ojos a los beneficiarios de mi donación, pues tuve que atravesar un pasillo con diversas salas donde habían muchos bebés prematuros luchando por sus vidas. Al lado estaban padres y familiares con caras de esperanza y angustia que no olvidaré jamás.  
Estaré siempre agradecida a la Dra. Alonso del Banco de Leche del Hospital Doce de Octubre, a mi matrona Pilar Toledano del Centro de Salud Sierra de Guadarrama de Collado Villalba, a mi marido Antonio y a mi madre Carmencita, por sus cuidados en éste momento tan delicado de mi vida. También a mi hijo Juan Antonio, porque con sus tres añitos fue capaz de acompañarme sin drama, preguntar sin miedo…pintando a mi lado, cuando me extraía la leche para otros bebés que tenían que crecer.    


Según supe después, por una carta de agradecimiento, que me remitió el Banco de Leche; mi donación ha beneficiado a 22 bebés.  No sé, si por un día a todos o por varios días o quizás por unas horas… pero ha sido un regalo saberlo, un regalo con el que no contaba y que pude compartir con mi familia y mi pequeño angelito Miguel, leyéndole en silencio aquella noche, el cuento “Hermanos de Leche” cuando todos dormían, en ese momento especial donde nos abrazamos con el alma.

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Para saber más: 
DUELO Y  LACTANCIA

Cinco

Mi pequeño. Mi dulce amor, bebé hecho de dulce y besos de azúcar. Cinco años que han volado y casi no puedo creerlo. Como si hubiera sido...