sábado, 19 de agosto de 2017

Niños


Cuando nos enteramos de que habían atentado en Barcelona, mi hija mayor y yo estábamos en una zona igual de concurrida y turística, pero en Madrid. Podría haber pasado allí perfectamente... Al llegar a casa y ver las noticias, solo me salió maldecirles al mismo tiempo que llorar y decir que no entendía tanto odio contra gente inocente.  Niños muertos, familias rotas. Familias como la nuestra. Y entonces mi hija mediana, 11 años, dijo:

“Porque seguramente nadie le trató nunca con amor. Ni siquiera cuando fue pequeño”.

Los adultos que estábamos allí, que éramos unos cuantos, le miramos con condescendencia. Alguien se atrevió a decirle que se callara. Que no sabía nada, que era una niña y que todo era mucho más complejo. Mi hijita calló. Me dormí con tristeza y sensación de vulnerabilidad absoluta.

Y luego las noticias otra vez… la imagen de tres chavales. Y él, el asesino…  cinco años más pequeño que la mayor de mis hijos. Son unos niños!!! Y la tristeza inmensa otra vez.

No quiero que se me malinterprete. Condeno absolutamente los hechos. Entiendo el dolor que han dejado en las familias, en la ciudad, en el país.  Pero desde que he visto esas fotos no paro de preguntarme qué ha pasado. En qué momento un niño llegado a España con 3 años, que hablaba perfectamente el catalán, que jugaba fútbol en la calle con sus amigos… cambia. En qué momento empieza a llenar su cerebro y su alma de odio y tiempo después decide coger una furgoneta y llevarse a todos por delante.  Dónde hemos fallado como sociedad para que esto ocurra y en qué medida es nuestra responsabilidad.  Porque desde luego, esto no ha pasado en cuatro días.

Y me pregunto más cosas: Qué diferencia entre Moussa y un chico en EEUU que un día decide coger un arma y matar 15 compañeros en su clase. Pegarse un tiro. Qué pasa por esas mentes y en qué momento deciden que no importa nada. Ni su propia vida. Ni la de otros.

Nada es casualidad. Y me explico.  En estos dos días he leído muchos artículos relacionados. Especialmente uno en El País Semanal: “Fabricando a un yihadista” en el que cuentan las situaciones en las que llegan algunos de estos chicos.  Pobreza, familias rotas… nadie que cuide de ellos de ninguna forma.  Poco amor.

Y la sensación de no pertenencia. De que tu piel, tu apellido, tu origen te marca para siempre.  Es muy difícil crecer sintiendo que no se te acepta. Y de esto puedo hablar en primera persona porque me ha pasado mil veces que me han mandado “a mi puto país”…  También recuerdo con tristeza las veces que mi hija fue discriminada por su color de piel y sus rasgos. Como aquella vez que jugando en el parque otras dos niñas se le acercaron para decirle que “las cuidadoras no podían usar los columpios”.  Poniendo énfasis en cuidadora, como si fuese el mayor de los insultos.
Pequeñeces. Júntalas todas.

Y entonces se me cae todo lo aprendido. No me sirve de nada todo lo que leí, lo que nos enseñaban en “guerra y paz en el mundo contemporáneo” … Patrañas.

Vuelvo a mi hija de 11 años. La que cree que solo les faltó amor.  Y lloro. Porque finalmente creo que estos chicos han sido herramientas del verdadero terrorismo. Los verdaderos desgraciados están viendo todo desde su pantalla; festejando.  

Y sí: Quiero criar para la paz y enseñar a mis hijos que no hay diferencias entre ellos y otros.... pero es tan difícil. Se han llenado de mensajes horribles las redes sociales y de insultos a unos y otros. ¿Cómo escapar a todo eso?

Moussa ha muerto. Quedan muchos Moussas. Estos niños nos matan. Pero nosotros disparamos primero.


jueves, 3 de agosto de 2017

Gracias por tanto...

Puede sonar raro, pero soy una enamorada de las tetas. Y si me conoces, me habrás escuchado decir que si existe un dios, a lo mejor se llama Teta. Cuanto más conozco de su funcionamiento y todo lo que son capaces de hacer, más admiración tengo por su perfecta sincronía, por sus poderes curativos, por su increíble adaptabilidad, su vida interior, etc, etc, etc.... 

Piojilla 2006
Mis tres lactancias me han enseñado muchas cosas. Especialmente la lactancia de la Piojilla, en la que tuve tantas dificultades y que me salvó -literalmente- la vida.  Básicamente, si no hubiera buscado un porqué para aquella hipogalactia, me hubiera enterado en el hospital y de mala manera, de la enfermedad autoinmune que padezco. Y desde luego, me cambió la perspectiva de todo... jamás volví a decir que la que no da la teta es porque no quiere. 

Durante estos años dando la teta, con periodos de sequía por el tiempo que entre hijo e hijo se llevan, he visto cómo mi pecho ha hecho su función en tres etapas distintas. De la nada, leche. De la leche, vida. Salud. Mimos. Sueño. Amor. Y así como he atravesado periodos duros y difíciles, también he disfrutado enormemente del placer de amamantar. 

Mis tetas me han enseñado que nada es blanco o negro. Que es un milagro, y una demostración de poderío, el hecho de que las madres amamanten a pesar de los tantos obstáculos que nos ponen sanitarios sin formación en lactancia, compañías lácteas con agresivas campañas de marketing, entorno difícil y poquísimo apoyo social para algo tan hermoso como es alimentar a nuestra progenie.

He aprendido que a veces, un biberón puede salvar una lactancia. Que las madres no siempre se sienten apoyadas en los grupos de apoyo. Que antes de sentenciar una lactancia (o a una madre) tenemos que hacer el ejercicio de imaginar todos los posibles escenarios que puedan estar haciendo que esa madre quiera tirar la toalla. Ofrecer escucha y atender a lo que esa madre nos cuenta, no a lo que a nosotros nos parezca "exitoso". Si finalmente da la teta (o no) el mérito no es nuestro. Como bien dice mi querida Ibone, el pecho no es lo mejor y en lactancia a veces lo mejor es enemigo de lo bueno. 

Y luego, mi propia historia... los miles de recuerdos acumulados. Los instantes que no volverán. 
Hace tiempo vi una página americana que hacía joyas preciosas con leche materna. Parecerá una rareza... pero son tan bellas que me moría de ganas por tener una. Me parece precioso y símbolo de la maravilla que supone amamantar.
Encontré por casualidad que en España también se están haciendo... pero me temo que ya no podré acceder a ellas. Hace un tiempo que siento no tener leche, y no me atrevo a intentar extraerme porque me daría mucha pena si no sale nada; no sé si estimular el pecho solo para eso tenga sentido. Quizá sí?  Mi piojillo dice que sí, que sí tengo, pero creo que me lo dice por amor.  Y me dice que la leche sabe a mamá. He estado sacándome fotos con él para que algo quede, aunque no tenga nunca la joya anhelada. 

Y efectivamente e inevitablemente... todo llega a su fin. Este último hijo me ha dado la oportunidad de sanar muchas heridas en torno a mi lactancia anterior. Llegó sin avisar, dulce, regalándome momentos maravillosos. Con cuatro años y medio ya no mama a diario, ni mucho tiempo... ni siquiera sabe hacerlo como cuando era bebé. Ya no le hace falta para buscar consuelo, ni para conciliar el sueño y es casi anecdótico el que se ponga a la teta. Es cuestión de tiempo, muy poquito, hasta que ya no mame más. Son nuestras últimas veces. Nunca más amamantaré a un bebé mío. 

Y por eso este post. Porque mis tetas han sido sabias. Han hecho lo que tenían que hacer y vuelven a su ser, tranquilo y reposado. Ha sido hermoso y quería darles las gracias. 








miércoles, 2 de agosto de 2017

Duelo perinatal, leche materna y amor

Me ha llegado el texto de una madre que generosamente ha querido compartir su experiencia como donante de leche materna después de una muerte gestacional. 

En la Semana Mundial de la Lactancia Materna, que este año tiene como lema: Construyendo alianzas para proteger la lactancia: por el bien común, sin conflictos de interés -"Juntos podemos hacer que la lactancia sea sostenible", me parece importante este testimonio para que se conozca que este tipo de donación es posible y que puede ser de ayuda en el duelo, especialmente si se cuenta con profesionales empáticos y respetuosos alrededor. Es un texto potente y lleno de amor que copio tal cual me ha sido enviado para no modificar ni el sentir ni el deseo de la madre al compartirlo. 
  
Gracias Paola por ponerme en contacto con esta madre. 
Y un millón de gracias Yessi por tu generosidad y amor. 


Al amor por el dolor…Mi experiencia de donar leche materna, tras la muerte gestacional de mi pequeño Miguel

Recuerdos de amor...
Nunca sabré cuándo el corazón de mi hijo dejó de latir en mi vientre.  Yo me alarmé aquél viernes 4 de noviembre por la noche, porque después de cenar no notaba sus movimientos y él cuando yo comía, se ponía muy contento.  Ya en el hospital, al que acudimos de urgencias, los médicos confirmaron que su pequeño corazoncito había dejado de latir con 34 semanas, seis días y 2.600 kg de peso, y mi vida se precipitó al vacío más aterrador y absoluto del cual aún hoy lucho por salir.  Verle fue un gran alivio… era perfecto. Tres malditas torsiones del cordón umbilical, imposibles de detectar, según la autopsia. Desde entonces hasta ahora, vivo en una pesadilla de la que tengo, de vez en cuando dulces despertares, gracias al amor de mi marido y mi otro hijo Juan Antonio, con quienes comparto lo bueno que tengo y con quienes me curo de lo que me hace daño.  Una mamá, que es todo corazón, llamada Cheli Blasco; me motivó a contar mi experiencia de donar la leche.   

En medio del dolor que suponía no tener a mi hijo con vida, tuve la noche de la vuelta a casa, tres días después del parto; una ingurgitación mamaria severa, pese a la medicación que se me había administrado para atenuar la bajada de la leche materna.   No sabía qué hacer, pues una solución era utilizar el sacaleches, pero se me aconsejó en el hospital, no estimular las mamas de ninguna manera. 

Durante el tiempo que estuve pensando qué hacer, vino a mi mente la posibilidad de donar la leche materna, si aún podía hacerlo.  Tenía dudas si habiendo tomado cabergolina, podría donar la leche.   Al ser víspera de festivo y de noche (8 de noviembre 2016) no pude obtener información telefónica para saber si podría donar la leche o no.   Aguanté la noche como pude con paracetamol y al día siguiente llamé al Hospital General de Collado Villalba y la persona que me atendió, se sorprendió que le preguntase por un Banco de Leche Materna.  Al final decidí ir con mi marido al Hospital donde había parido, para informarme sobre la donación y me orientaran qué hacer con las mamas.  Una matrona me ayudó a base paños fríos y calientes a reducir un poco el dolor y despejó mi duda sobre donar la leche, sí se podía!..   Contenta porque se podría aprovechar mi leche, continué en casa aliviándome con calor y frío y el jueves siguiente, llamé al Hospital 12 de Octubre, donde la Dra. Clara Alonso, responsable por entonces del Banco de Leche Materna, me orientó sobre mi petición y me citó para una entrevista al día siguiente.  Mi marido Antonio, me acompañó en todo momento y me apoyaba mucho.

La atención de la Doctora Alonso, fue muy amable, primero quiso hablar de lo sucedido con mi pequeño Miguel, fue muy cercana.  Le sorprendió que en el Hospital Puerta de Hierro de Majadahonda, nadie nos hubiese remitido a un grupo de duelo para padres, ni nos derivaran a ningún servicio psicológico de seguimiento.   Nos comentó su interés por informarse de las próximas sesiones en el Hospital Doce de octubre y que nos diría más adelante la forma de acceder a esta atención profesional tan necesaria en nuestro caso.  Posteriormente, nos contó cómo funcionaba la donación de leche materna y los requisitos que se debían reunir para ser donante.

Tras realizar la entrevista, se me practicó una analítica de sangre y se me explicó todos los pasos a seguir para una adecuada extracción de la leche para donar.   Ese mismo día, pese a que debía esperar para saber si era admitida como donante, se me indicó que podía empezar a sacarme la leche y almacenarla.  Para esto, se me facilitó todo el material necesario. 

A los pocos días, recibí una llamada de la Dra. Alonso comunicándome la admisión como donante.  También recibí en casa unos días después, una carta tipo donde se me comunicaba por escrito, dicha admisión, pero que por su contenido, era la misma que enviaban a madres con bebés nacidos vivos.  Este hecho no me afectó mucho, pero si fui consciente de ello y me entristeció un poco. Supuse que no era muy habitual, tener donantes de leche materna cuyo hijo hubiese fallecido. 

El proceso de extracción de la leche fue muy positivo para mí, mi entorno más cercano lo comprendía y me apoyaba.  Pese a ello, también hubo amistades que no lo entendían y consideraban que lo único que quería era recrearme en mi dolor.  Y sucedió, como casi siempre que tomo una decisión desde el corazón; todo lo contario.  Las extracciones de leche me daban una ocupación en mis días más tristes.   Me llenaba de esperanza saber que, si hacía todo correctamente, aquella leche iba a servir a muchos pequeñitos que por diversas razones no podían ser alimentados por sus mamás o necesitaban ayuda extra.  No sentía en ningún momento que confundiese las cosas, y tenía la certeza y la paz de que mi hijo Miguel estaba de acuerdo conmigo en aquel objetivo.

La entrega de biberones y la recogida de nuevo material, durante los casi dos meses que realicé la donación, fue siempre muy cómoda y no me importaba para nada la distancia de mi domicilio hasta el hospital, para hacerlo con gusto.  Algo muy positivo había en todo ese esfuerzo que me movía, me daba felicidad y sin saberlo, me ayudaba en mi duelo.  Desde el Banco de Leche, todo fueron siempre facilidades, incluso para aparcar el coche en la puerta, pues salía una profesional con un carrito a recoger la leche a pie de rampa en el Área Materno Infantil para que no tengas ni que bajarte del coche o te facilitaban un pequeño descuento en un aparcamiento cercano.   Todo se coordina telefónicamente y en función del número de biberones, podías llevarlos cada quince días.  

Decidí dejar de donar la leche materna cuando después de la primera regla del posparto, tuve una disminución importante en la cantidad de leche que me extraía y vi, con cierto malestar, que era el momento de dejarlo.  En el Banco de Leche, me habían dicho que el tiempo de donación era voluntario y que si no me encontraba cómoda o ya no quería hacerlo podría dejarlo cuando quisiese. 

De no haber disminuido de forma tan importante, la cantidad de leche, creo que hoy estaría donándola sin problema, pero éste hecho tan objetivo, me hizo darme cuenta que quizás mi cuerpo ya había cumplido su cometido natural.

Mi matrona, Pilar Toledano me ayudó mucho en este proceso, aplaudió mi decisión e incluso me fue comentando consulta tras consulta los beneficios para mi cuerpo y su recuperación, con la extracción de la leche.   Me comentó por ejemplo,  que al amamantar o extraer la leche se produce una liberación de oxitocina que ayuda a las contracciones del útero y a la estabilidad emocional, hay un menor sangrado durante el puerperio, la distención del útero se va reduciendo progresivamente y se previene un futuro cáncer de mama. 
Cuando tomé la decisión de dejarlo, mi matrona me aconsejó hacerlo poco a poco y fui paulatinamente reduciendo las extracciones diarias.  Cuando estuve preparada, coordiné la devolución del material y los últimos biberones con el Banco de Leche.   Como el día que disponía para entregar todo era víspera de festivo, tuve que ir al Área de Neonatos, porque el Banco estaba cerrado al público esa tarde.   Allí, la pediatra de guardia me atendió muy amablemente y recogió todo el material y la leche.  El destino quiso que ese día, viese con mis propios ojos a los beneficiarios de mi donación, pues tuve que atravesar un pasillo con diversas salas donde habían muchos bebés prematuros luchando por sus vidas. Al lado estaban padres y familiares con caras de esperanza y angustia que no olvidaré jamás.  
Estaré siempre agradecida a la Dra. Alonso del Banco de Leche del Hospital Doce de Octubre, a mi matrona Pilar Toledano del Centro de Salud Sierra de Guadarrama de Collado Villalba, a mi marido Antonio y a mi madre Carmencita, por sus cuidados en éste momento tan delicado de mi vida. También a mi hijo Juan Antonio, porque con sus tres añitos fue capaz de acompañarme sin drama, preguntar sin miedo…pintando a mi lado, cuando me extraía la leche para otros bebés que tenían que crecer.    


Según supe después, por una carta de agradecimiento, que me remitió el Banco de Leche; mi donación ha beneficiado a 22 bebés.  No sé, si por un día a todos o por varios días o quizás por unas horas… pero ha sido un regalo saberlo, un regalo con el que no contaba y que pude compartir con mi familia y mi pequeño angelito Miguel, leyéndole en silencio aquella noche, el cuento “Hermanos de Leche” cuando todos dormían, en ese momento especial donde nos abrazamos con el alma.

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Para saber más: 
DUELO Y  LACTANCIA

Efecto mariposa

No sé si con el paso de los años me estoy volviendo ñoña... pero cada vez valoro más la rutina, la normalidad, el que nuestras vidas sean ...