jueves, 17 de septiembre de 2015

Razones para dar el Sí

¿Por qué te casas después de tantos años? 

Me he casado por amor. Por amor a Hugo, por amor a mis hijos. 
Porque llega una edad en la que te das cuenta, de repente, de que hay que celebrarlo todo. Y teníamos ganas de celebrar la vida, de celebrar el tiempo juntos, de celebrar la bendición de tener los hijos que tenemos, de celebrar la salud, la amistad. De abrazar a la gente querida y reunir a todos en un sitio maravilloso para contarles todo esto. 

Porque nunca se sabe si hoy va a ser el último día que podamos hacerlo. Bromeábamos con ello. "Nos casaremos algún día, el día de San Blando". "Ya estamos caZados".  No nos preocupaba nada. Yo solía decir "que lo que une el banco no lo separa ni dios". Y la vida va pasando. Un jornada, y otra.

De repente, tus amigos o los amigos de tus amigos, se mueren. Gente con la que ibas al colegio. 
A la muerte no le importa si tienes 39 años y tus hijitos son pequeños. No discrimina. No se solidariza. No perdona. Y te das cuenta de que el hecho de que no seas tú, es una simple cuestión de estadística. 

Te das cuenta de que a la ley, a ese conjunto de normas antojadizas que reglan el amor, no le importa si os queríais mucho. Ni si te llevaba el café por la mañana.  Y que no se puede tapar el sol con un dedo. Que los que quedan , si no estás, te echarán mucho de menos; pero si encima les dejas desprotegidos, el sufrimiento es mayor. 

Y entonces hay que hablar de papeles, de firmas, de que pasaría si... cómo quisieras que... 

Te vuelves consciente de lo afortunado que eres. De lo que otros no tienen. De lo mayores que están los chicos... 

Nos hemos casado porque amamos la vida. Porque disfrutamos mucho con las pequeñas cosas que te regala, como dormir juntitos, comer lo que nos gusta, poner el árbol en Navidad. Y porque de un día al otro, te das cuenta de que todo eso es efímero. No dura nada. 

Mi hijos sienten que nos hemos casado todos. Nuestra boda. Y lo tienen clarísimo: nos hemos casado por amor. 





martes, 8 de septiembre de 2015

Vuelvo...

Meses sin escribir. Lo siento. 

Sinceramente se me han hecho cortos. He estado concentrada en criar y en mis propios proyectos de vida. En darle forma a ideas a las que casi no dedicaba horas, a re-estructurar mis planes de futuro. En cuidar de mi familia y ver crecer a mis piojillos. 

A partir de ahora tendré más tiempo y dedicaré mis jornadas a los proyectos profesionales de antes y a escribir. De repente me sobrarán las horas... y todos esos minutos en los que mirábamos pasar el día siguiendo a las hormigas en el parque, recogiendo palos y haciendo tartas de arena, cantando feliz cumpleaños a diario, se quedarán guardados en el cajón de mis recuerdos de madre: Piojillo entra al cole. 

Es cierto que podría no ir. Pero ya no puedo ofrecerle la misma dedicación que exige y se merece. De cierta forma, le he quedado pequeña y ya no puedo atenderle sin desanteder mis obligaciones profesionales y viceversa. Ha sido una decisión difícil y meditada. Una elección cuidada de la que será su segunda casa: un sitio maravilloso en el que confío plenamente. 

Me cuesta escribirlo. C O L E. Sé que el sitio elegido no podría ser mejor y que estará cuidado y querido como si estuviera en casa; pero no puedo evitar sentir un nudo en el corazón. Ver volar a los hijitos duele físicamente. 


Mi bebé, mi último hijo. Esta vez es de verdad. No habrá más bebés propios en mi vida. 
Ha sido un privilegio. Es verdad que he renunciado a muchas cosas en estos casi tres años. Pero Piojillo, jamás ha sido cuidado por nadie que no fuésemos nosotros... le he dedicado a este pequeño, en toda mi consciencia, todo mi tiempo y dedicación. Por todos los momentos que les robé a sus hermanas; por todo lo ausente que pude estar en otras crianzas. Para curar lo que no hice o dejé de hacer. 

Y el tiempo ha llegado. 

Me es muy difícil ser madre de tres generaciones diferentes. Preocuparme por la universidad, los cambios hormonales que se vienen y la compra de un baby... todo al mismo tiempo. Dividir el cerebro para ofrecer soluciones y acompañamiento, sin sobrestimar a unos ni subestimar a otros. Sin guiar demasiado, sin abandonar a su suerte. Intentando hacerlo bien. Acabar harta de todos y al mismo tiempo morir de amor con sus conversaciones y ocurrencias. Necesitar vacaciones de hijos y no saber vivir sin ellos.... 

Creo que también he dejado pasar este tiempo para releer. Y para leer entre líneas. Para sentir que la perfección no existe y perdonarme por ello. Que aunque te equivoques, hay algo de magia en la vida que hace que, de todas formas, los hijos te quieran y quieran ser buenas personas.  Veo a mis hijos, de edades tan distintas y necesidades tan diferentes, crecer sanos y felices... y siento que no necesito nada más. 

Vuelvo. Os voy a contar aquí, como siempre, lo que pienso respecto a la maternidad y sus anexos. Compartiré experiencias propias y prestadas. Os mantendré al tanto de mis proyectos en Entre Mamás y en otros espacios. Os espero de nuevo. 

Gracias por estar. 

El amor maternal

Parece increíble que sea preciso recordar de dónde venimos y cuáles son nuestras necesidades básicas. Que algo tan sencillo como nacer a lo...