jueves, 10 de octubre de 2013

Mis tetas me limitan


MIS TETAS ME LIMITAN 

Nunca pensé que diría esto... hacía tanto que había dejado de dar la teta, que se me había olvidado lo discriminadas que podemos ser las madres que amamantamos: Con tetas no hay paraíso.


Recuerdo que hace años, con Piojilla todavía bebé, fui a merendar a un Vips con unas amigas. Merendábamos todas y Piojilla también. Teta, claro está. De repente se me acercó una mesera (de origen sudamericano, al parecer) y me dijo en un tono de superioridad y desafío: Perdona, pero en este país no se puede hacer "ESTO".  Refiriéndose al sublime acto de amamantar. 

Recalco el origen de la señora por dos razones. Una: me aclaraba muy bien (viendo mi tono de piel y escuchando mi acento, supongo) "las normas" del país en el que nos encontramos y que me vio nacer. 
Primera discriminación. 


Dos: La señora no era española! pero había hecho suya "la supuesta norma nacional" -segunda discriminación- que impide dar el pecho en lugares tan señoriales como el que cito. Y vuelvo a recalcarlo porque en Sudamérica, bello continente del que soy originaria aunque mi DNI ponga otra cosa, amamantar en público no es ni más ni menos prohibido que dar el biberón. 

Eso sí, cada vez con más fuerza y de forma más evidente, se relaciona la lactancia artificial con el estatus social y así es que se está introduciendo en el pensamiento de la gente que amamantar es de pobres. Triste realidad de la globalización. 

Como de momento no existe una ley que prohíba el amamantamiento (y entonces tampoco existía) le dije con mi cara más amable "muchas gracias por su preocupación; le ruego que traiga una hoja de reclamación y llame a su encargado". 
Minutos más tarde el encargado me pedía disculpas, explicando que la llamada de atención de la camarera había sido un impulso absolutamente personal, que nada tenía que ver con la empresa. Vamos, que era bienvenida a dar la teta sin problema. 

¡este artilugio se llama cubre lactancia!
He de decir que soy más o menos discreta a la hora de dar el pecho. Entre otras cosas, porque llegué tarde al reparto de tetas y no hay mucho que ver. De todas formas, y aunque no tengo en absoluto pudor por alimentar a mi prole allí donde me pidan, ya se sabe que "si no se ve pezón, no se ve teta" y sino, que le pregunten a los dueños de facebook que tienen una verdadera guerra despezonadora. Pero es que por muy grande que sea la teta, no se ve: La cabeza del niño/niña tapa prácticamente en todos los casos a las indecentes tetas alimentadoras y sus diabólicos pezones (y si de todas formas le incomoda, señora, también es muy fácil: mire mejor a la izquierda, donde está el calvo de gafas). 

Cuento esto porque en esta última época en varios lugares públicos se ha llamado la atención a las madres con este tema, invitándolas a salir a las casi siempre poco agradables salas de lactancia, o en algún caso, a la calle. Se concluye rápidamente: Los hijos molestan. Y si toman la teta, más. 

SER MADRE ME LIMITA

Ser madre, me limita. 
Quien me conozca y sepa algo de mi historia, sabrá que fui a la universidad con la mayor de mis hijas en el regazo. Prácticamente asistió a todas las clases y el día de mi titulación, el decano bromeó con ello: Nos titulábamos dos: mi hija y yo. Nunca ningún profesor puso obstáculo alguno para que pudiera asistir a las asignaturas con mi bebé en brazos. No era la excepción: éramos unas cuantas las universitarias-madres y cuando los hijos estaban inquietos solíamos turnarnos para cuidarlos en el patio o la cafetería. ¿Raro? Antes de que penséis que "en este país no se hacen esas cosas", dejadme decir que lo hice también en la prestigiosa Universidad Complutense de Madrid y seguramente no hubo nadie más en toda la Facultad de Ciencias de la Información a quien se le haya ocurrido tamaña idea. A mí si. O eso, o no podía estudiar. Pioja mayor puede dar fe de ello. 

En Bolivia solo tuve una clase en la que no me permitieron estar con mi bebé. Deontología y Ética. Así que como la clase era enorme y tenía dos puertas, yo me metía por la puerta de atrás con la niña escondida y me sentaba en la última fila, detrás del alumno más grande, para que no se me viera. 

Un día la niña dijo TA
El catedrático miro al fondo de la clase. Dejó de hablar, me miró con ojos de fuego y me gritó: ¡Salga usted ahora mismo del aula! y entonces yo pregunté por qué. "Porque su hija no entiende mi clase" dijo. 
Me levanté. Cogí mis cosas, mi hija y antes de salir le dije: Si señor: mi hija no entiende su clase, pero ninguno de los que aquí estamos tampoco. Aprobé la asignatura con la calificación más baja posible. Por los pelos. 

LA ACTUALIDAD

Me acordaba muy poco de ese episodio... hasta que quise asistir a un evento de más de cuatro horas de duración: "No se admiten bebés". 
¿No se admiten bebés? Bueno, sí. Pero sólo los más pequeñitos. No se admiten "bebés grandes". 
De nada sirvió mi "enchufe" con la organización... No se admiten bebés grandes y punto. 
Ya se sabe de los bebés: Su ruido es molesto, los niños lloran, se mueven, distraen, perjudican. No hay sitio para ellos. Mejor guardarlos, callarlos, dejarlos en otras manos para que el mundo siga girando. No se confía en el buen criterio de la madre que asiste (Las madres pensamos que como a nosotras no nos molestan los "ta-ta-ta" de nuestros hijos, a nadie le molestan... somos así de desubicadas) 

Eran por lo menos cuatro horas de ausencia y mi bebé, tal y como recomiendan los expertos en lactancia, mama a demanda. Imposible dejárselo a nadie.

Así que me vi limitada por dos razones: Una, por ser madre. Si no lo hubiera sido, no hubiera pasado nada y podría haber asistido tranquilamente. 
Dos: por dar la teta. Si yo alimentara a mi hijo con biberón se podría haber quedado en casa con alguien sin problema. 

Y entonces, me planteo: No podemos entrar a cualquier sitio con nuestros bebés... no podemos alimentar a demanda con la leche que fabricamos, ni sacar la teta según qué sitios. No se nos deja. Se nos condena al exilio. Se nos dice que es "feo" dar la teta en cualquier lado. Como las gitanas, como las sudamericanas, como en África, como si no tuvieras para darle otra cosa (y otras lindezas que se oyen). Se nos ofrecen salas de lactancia malolientes y alejadas de la civilización. Que no se nos vea. Se nos llenan los buzones de correo con imágenes de hermosos burkas de lactancia que sirven para todo menos para pasar desapercibida.

Después de los seis meses, más le vale al niño comer otras cosas porque sino la madre que lo parió estará confinada a asistir solo a eventos en parques de bolas y similares, a juntarse solo con otras madres. No podrá tener vida intelectual, no podrá ir al teatro, ni al cine, ni hacer un curso, ni comer en otro sitio que no sea Macdonalds. Y luego nos dicen que la maternidad es solitaria... 

No es país para madres. No es país para tetas. 




Efecto mariposa

No sé si con el paso de los años me estoy volviendo ñoña... pero cada vez valoro más la rutina, la normalidad, el que nuestras vidas sean ...