viernes, 20 de julio de 2012

Burbujas de amor

Hace unos días que sentí por primera vez peta zetas en la tripa. Había olvidado por completo esa sensación maravillosa de albergar vida en mi interior. De tener un corazón extra latiendo... una pequeña criatura humana gestándose. 
Tengo que decir que sentir estas burbujas de amor ha sido un momento especial y maravilloso. He buscado una y otra vez, concentrada, la misma sensación... como si esos pequeños movimientos que me anuncian la vida fuesen también una forma de buscar conexión conmigo, de decir "aquí estoy". Necesitaba sentirle.  

Tengo que ser honesta: Me está costando conectar. Aceptar la llegada de un nuevo bebé ha sido duro porque, aunque durante mucho tiempo tuve la ambivalente ilusión de un nuevo hijito, con el tiempo fui abandonando la idea y había llegado un momento en que ya me había desprogramado del tema. Un nuevo bebé con tantos proyectos empezados... ufff no podía permitírmelo. 

Pero ahí estaba. Miré el positivo con terror... y al mismo tiempo cierto gustito imposible de describir. Puedo ser madre. Soy madre. Soy fértil. Soy poderosa.  Y otra vez el pesimismo: qué mal momento has elegido bebé... Pero... ¿Cuándo es un buen momento? ¿No somos siempre muy jóvenes, muy viejas, muy flacas, muy  gordas, muy exitosas, muy frustradas, muy ocupadas, muy solas... para pensar en ello? Y luego, ¿no es paradójico que cuando crees que el momento es idóneo, te pongas a buscar y buscar y que el ansiado bebé no llegue?

Sentir un piojillo nuevo, moviéndose lleno de vida, con minúsculas volteretas, me ha conmovido. Me ha hecho revivir la maternidad antigua. Me ha hecho recordar otros momentos, otros hijos y otras circunstancias. No. Nunca fue un buen momento y aquí están mis hijas llenándome de besos. 

Me cuesta visualizar un nuevo bebé pero cada día se hace más presente. Mi ropa me anuncia que está. El malestar no me deja olvidar mi estado. Mis amigas preguntan, mi madre me mima, mi papá me compra mis yogures favoritos, mi hija mayor baila de contento, la pequeña hace mil dibujos de madres llenas y panzas de luna, mi marido toca mi tripa-cuna y entonces siento que este bebé, mi bebé, nuestro bebé no podía haber elegido un momento mejor... 




lunes, 9 de julio de 2012

Me divorcio...

Con cariño, para vosotros...



En los últimos tiempos, un montón de gente que aprecio y de círculos variados me ha anunciado con tristeza el fin de su relación. Tengo que decir que entiendo perfectamente el dolor y la frustración que existe detrás de esta decisión, y que sé todo lo que ha tenido que pasar previamente; todas las palabras que se han podido decir y callar, toda la ilusión perdida y la inmensa pena que se siente al admitir que todo ha terminado. 

No siempre fui tan feliz y no siempre tuve a mi lado un compañero como el que tengo. Por eso, y porque como hija también sufrí con tristeza el divorcio de mis padres, puedo decir que la experiencia del divorcio, de la ruptura, es inmensamente dolorosa y deja una huella muy profunda en todos los involucrados; especialmente en los hijos. Difícilmente se olvida, como hijito, el día que uno de tus padres se va de casa. No importa la edad que se tenga, como hijo es muy difícil aceptar la nueva situación. 

Quiero tocar este tema desde ese punto de vista. Porque no soy psicóloga ni experta en leyes, pero sufrí en mi propia piel ambas circunstancias: el divorcio de mis padres y mi propio gran  fracaso amoroso. No puedo decir cual de ellos fue más doloroso, pero sí que puedo afirmar que ambas experiencias me "convirtieron" en una persona diferente al salir de ellas. Y que incluso luego, años después, cuando mis padres volvieron a estar juntos -cosas de la vida- y cuando yo misma decidí rehacer mi vida al lado de otro amor, las cicatrices de ambas heridas quedaron ahí, como parte de mi historia.

Es cierto que en muchas ocasiones divorciarse es la mejor opción para todos. Especialmente cuando el respeto y la confianza se han perdido; cuando la comunicación se ha roto de forma irremediable o cuando simplemente se ha dejado de amar... sin embargo, creo que deben hacerse todos los esfuerzos por solucionar todo lo que todavía pueda salvarse, hacer terapia, buscar ayuda profesional, sentarse a hablar serenamente sobre lo ocurrido, valorar los pros y contras de la separación, incluso en lo económico y logístico. 

A veces estamos muy dolidos por las circunstancias, pero si algo aprendí de mi primera gran ruptura amorosa, es que no se puede gastar la palabra "divorcio". No puede usarse en cualquier momento de furia. Hay que usarla una sola vez, con la cabeza fría... cuando tengamos la absoluta certeza de que va a ser definitivo. Utilizarla en cada pequeña pelea desgasta la relación y destruye los sentimientos, las ganas de arreglar las cosas. Porque la palabra dicha no tiene vuelta

Algo que creo que es fundamental es no involucrar a los hijos en este tipo de decisiones. No poner a nuestros hijos en la triste situación de tener que elegir, de escuchar nuestras discusiones... porque nosotros dejaremos de ser pareja, pero ellos serán nuestros hijos para siempre. Ningún niño debería escuchar nunca ninguna palabra de desprecio hacia sus progenitores. 

Como adultos nos equivocamos miles de veces... aceptar que nos equivocamos en la elección de la persona amada o en la forma de llevar una relación es duro y tiene su propio proceso de duelo. En lo emocional, pero también en lo administrativo y práctico. Aunque nadie habla de eso, enfrentar todo el papeleo, tener que firmar cosas, citarte con abogados, hacer "pactos" de visita, pensiones y de custodias, repartirte todas las cositas que un día compraste con ilusión, llevarte tus cosas a un nuevo "hogar", volver a casa y que no haya nadie durante los días "sin niños", pasar los fines de semana o algunas fiestas familiares en soledad, contestar las interminables preguntas de tus hijos de por qué mamá/papá no está o por qué no puede venir con nosotros a aquel viaje que soñaron juntos o incluso escuchar sus reproches... todo eso, aunque parezca superfluo, es un camino lento y duele. Da igual si no tenemos intención de volver a ser pareja, el recuerdo de lo que fue y la sensación de pérdida es siempre igual. 

Hay que contar a los hijos aquello que pasa, de acuerdo a sus años y haciéndoles ver siempre que la separación es independiente del amor que se pueda sentir por ellos. Explicar que el amor queda intacto aunque nos veamos menos y que los abuelos, tíos y gente que nos quiere no se está divorciando de nosotros ni de ellos.... sólo somos nosotros dos. 

Como esposa, cuando decidí que todo terminaba nunca pensé en volver... fui tajante. Pero como hija, debo admitir que siempre tuve la esperanza de que mis padres volviesen a estar juntos. Finalmente ocurrió y ellos volvieron muchos años después, siendo yo ya adulta; pero creo que si no hubiera ocurrido, aún ahora pensaría en ello. Para nosotros, como hijos, el primer amor de pareja que conocemos es el de nuestros padres... como en un espejo, nos miramos en él. Queremos que se quieran y podemos sentirnos muy culpables si no es así.

No pretendo dar ningún consejo desde aquí, porque no soy quien y porque cada pareja tiene sus propios problemas y dificultades. Pero sí que creo que antes de tirar la toalla debemos hacer una revisión de todo el contexto, de nuestros propios fallos (y no sólo de los ajenos) y de nuestra intención de enmendarlos. De saber ver con distancia todo aquello con lo que arrasará el divorcio cuando sea una realidad y no sólo una palabra que escapa de nuestra boca. 

Por último: Siempre digo que mi marido es mi mejor amigo. No es una frase hecha, ni es una cursilada: realmente lo siento así. La cuestión es que nunca sentí eso antes con nadie... creía en el amor a primera vista y en el romanticismo de velas y rosas rojas. Papá Conejo no me trae flores jamás y me dice te quiero dos veces al año... pero son las pequeñas cosas que hace por mí lo que me hace sentir querida. No hacer ruido cuando se va al trabajo y me deja dormida, pasar sus fines de semana poniendo clavos para un cuadro que me gustó o yendo mil veces a Ikea si hace falta. Es una persona con la que cuento siempre... especialmente en los momentos más difíciles. Somos personas independientes y cada uno tiene una vida muy intensa fuera de la pareja. No necesariamente le cuento todo lo que ocurre en mi vida, ni pretendo saber todo lo que ocurre en la suya, porque entendí hace mucho tiempo que la primera piedra para construir la relación está hecha de confianza y libertad. 

Con esto quiero decir que hemos idealizado tanto el amor, que a veces olvidamos nuestros detalles y los del otro. Que decir te quiero es mucho más que la sola frase... y que si hacemos un recuento de todos esos momentos que nos dedicamos mutuamente, desde lo más insignificante, tal vez podamos descubrir que no todo está perdido. 











Un parto triste. Uno más.

Copio y pego, con permiso de la madre, este testimonio.  No he cambiado ni he editado ni una coma para que llegue tal cual es.  Me gust...