domingo, 15 de marzo de 2020

Un 8 de marzo...



Semana 31; bebé de nalgas. Aunque yo ya lo sabía, porque sentí cómo mi hija se giraba dentro de mí, la confirmación de ello fue como una sentencia.

“Hay tiempo, hay tiempo”. No lo había. Asumí ese día la realidad del único miedo de convertirme en madre; no parir. Lloré lo que tuve que llorar y digerí el que sabía que sería el final. Ahora agradezco ese tiempo de preparación y duelo que me dio la vida. Tomé decisiones; elegí hacer cosas y también elegí no hacerlas. Intenté lo que necesité y quise intentar para convencer a mi bebé de que girase. Creyente en este aspecto únicamente en la ciencia, me sometí a tres intentos de una versión (VCE) que no funcionó y que me dejó inmóvil durante la que sería la última semana de un embarazo del que yo estaba enamorada. 

Cuando me planteé un parto de nalgas, al estar mi hija en nalgas puras, Paula decidió mover una pierna convirtiéndose esta opción en imposible. Rechacé una cesárea programada. Necesitaba un poco más de tiempo para despedirme de mi tripa-nido-de-vida pero ella, mi bebé decidida, ya estaba preparada para hacerme madre. 

6:30 de la mañana, dolor de regla. 6:45, otra vez. Desperté a mi novio y se lo dije. ¿Será? No puede ser... es pronto. Pródromos, pensé, puedo estar así semanas. 10 contracciones después decidí avisar a mi madre, más por prudencia que por pensar que el momento estaba cerca. No eran ni seguidas ni muy fuertes, decidimos ducharnos por si acaso y descansar. Después de la ducha vino una bestial, que me removió todo el cuerpo. Rompí bolsa, estaba de parto. Mi hija eligió el día de su nacimiento. Era el momento. Sin nervios, disfrutando de cada segundo del ratito de trabajo de parto que me regalaban mi cuerpo y mi hija, riendo entre contracciones que me paralizaban. Llegamos a Torrejón, mi plan B. Después del trámite y ya en paritorio, cambié mis pantalones empapados por un camisón y me pusieron la vía. 

Me dio tristeza verme así, tan lejos de lo que yo había soñado para mí y para Paula. Tras un rato dilatando, acompañada por fin de mi madre además de mi pareja, me trasladaron a quirófano con 4 cm de dilatación, en silla de ruedas porque rechacé la camilla. Aquí me separaron de él, de mi muro de carga, de mi amor. Pasé yo sola a una sala a la que al llegar dije delante de parte del equipo: Dios, que feo todo. Que sitio más frío para nacer. 

Empezó a entrar muchísima gente. Pese a lo que prometieron en su propio Plan de Parto, solo la segunda ginecóloga se presentó. Me sentí terriblemente mal, había pedido el menor número de personas posible y ahí estaba todo el mundo; todos menos mi pareja. Y yo, desnuda sobre la camilla, a punto de ser anestesiada, tuve una contracción. Me bajé como pude, sin importarme nada, para recibirla, sabía que sería la última. La anestesista enfadada me dijo; no vuelvas a hacer eso. Le dije que me estaba dando una contracción y que no podía evitarlo. Empezó a pinchar, me dolía muchísimo la pierna, y le pregunté que qué era eso. “La anestesia, qué va a ser????”. Me moví un poco del dolor. Enfado de nuevo. “Así no puedo, otra vez”.  Le pedí que por favor no sacara la aguja, que estaría quiera. La sacó. Volvió a pinchar. Volvió a doler. Le dije: pero explícame lo que vas haciendo, por favor, para que yo sepa de dónde y cuándo viene el dolor. “Que se lo explique dice, jajaja” escuché por ahí.

Mi matrona: “ella quiere que se lo expliques”. “Ya la he escuchado” contestó. Pero no me explicó nada, seguía haciéndome daño sin decir nada más. Al terminar, me tumbaron. Vomité. Pedí que no me aten. Por fin dejaron a mi novio entrar. 
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Empecé a perder la sensibilidad en las piernas, pero aún podía mover un poco los dedos. Pusieron la cortinilla que pedí que no pongan y empezaron a abrirme. Podía sentirlo, como tiraban, como me movían. Dije aterrada: “puedo sentirlo, lo estoy sintiendo, por qué????” La anestesista contestó: si lo sientes te vamos a sedar y no vas a poder estar con tu hija. En este momento, perdí toda la fuerza que me quedaba y me callé. Que me sedasen y separasen de mi bebé era mi segundo miedo más grande. Se acabó el activismo, se acabó pedir. 

Mi matrona, el ángel de esta experiencia, al haber escuchado que quería que me expliquen, me fue contando lo que ella veía que me hacían. Paula salió de mi cuerpo sin dejar casi que la saquen, abriéndose paso a través de mi carne cortada. “Mira, ¡si está haciendo fuerza ella sola!” Guerrera, al salir se cagó en todo, algo que yo predije que pasaría un par de noches antes. Hizo un miniruido y mi chico me dijo: ¡es ella, eso que has oído es ella! 

Después de dejar latir el cordón, me la pusieron en el pecho, pero yo no la veía. Quería verle la cara y no podía. Mi matrona la levantó un poco para que pudiera verla, mientras me decía que ya suturaban mi piel, que ya pronto acabaría. Mientras tanto, yo oía reír y hablar a quienes tenían mi cuerpo abierto delante. “Odio que estén hablando de sus cosas mientras yo estoy aquí, que puto asco” le dije a mi novio.  

Pedí mi placenta. “No se puede” dijo una voz. “Sí, sí, ahora te doy un papel para que firmes y te la llevas” dijo otra. Un pequeño gran triunfo. Rajada, pero con mi placenta en el congelador. 

Por fin se acabó. La gente fue desapareciendo y alguien dijo “hasta luego” y poco más. Empecé a sentir dolor mucho antes de lo que se suponía que debía empezar. Cuando llegué a la habitación el dolor ya no me dejaba pensar, ni siquiera en mi hija sobre mi pecho. El temblor lo empeoraba todo. Poco a poco dejé de temblar, pudiendo ver y tocar mejor a mi bebé. Tardé un poco en darme cuenta de que era madre. Sentía tanto dolor, en el corazón y las entrañas, que me molestaba tenerla encima. Me perdoné en seguida por ello. 

Mi cachorra no volvió a abandonar mi pecho y la quiero como si la hubiera parido, porque, aunque desgarre, esa es la verdad: no parí. No me siento menos madre por ello, simplemente es la realidad llamada por su nombre. Siempre me ha molestado el término “parto por cesárea”. Lo considero un insulto. Quizás esta niña ha venido así al mundo para que luche por darle a la cesárea el lugar que se merece, con el sacrificio que supone, con lo que duele en cuerpo y alma.

1 comentario:

Eva dijo...

Grande V.
Desgarrador, como la experiencia vivida... como la lucha por aceptar e integrar.
Me has trasladado a mi propia cesárea, 12 años atrás que sano mucho tiempo después, cuando logré perdonar a mi cuerpo. Después mi hija (Paula) me regalo un PVDC precioso.
Leona y guerrera, Paula ha venido a enseñarte, se que lo aprovecharás.
Disfruta cada segundo. Ya lo sabes. Enhorabuena por tu bebé. Enhorabuena a toda la familia.

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