lunes, 22 de junio de 2009

¡¡adiós pajarito!!

Hace unos días mi amiga Rous y yo caminábamos rumbo a la oficina. Casi al llegar me dice, ¡mira! y le vimos. Un pequeño bebé-pájaro a nuestros pies. Era pequeñísimo; un gorrión caído quién sabe de qué nido.

Miramos los árboles, a ver si había algún nido por allí; pero no vimos ninguno. Esperamos un rato pensando qué hacer. Si le dejábamos ahí, moriría aplastado, atropellado... o pisado por alguien. El pequeño pajarito tenía pocas posibilidades de vivir sin su mamá y no sabía volar.

Finalmente decidimos llevarle a casa. Pensamos que si iba a morir, por lo menos que muriese dignamente y no tirado en la mitad de la calle.

Nos llevamos al pájaro en cuestión y la Pioja mayor le adoptó enseguida. Le dimos agua, unas miguitas y a esperar.

Estuve por la tarde recorriendo las tiendas de comida de animales, a ver si podía comprar algo que pudiese comer el pajarín. En ninguna tienda sabían que darle, y aquellas en las que supieron, no tenían la comidita allí.

La piojilla estaba admirada por tener un pájaro en casa (especialmente porque siempre les digo que los pájaros son para que estén sueltos por el campo y no en jaulas) pero compredió que sólo era momentáneo y que le soltaríamos en cuanto aprendiese a volar. Y aprendió. En estos tres días el pajarito aprendió a volar y subirse al dedo de la Pioja mayor. Piaba con fuerza y tomaba el agua que le dábamos con un cuenta gotas.

Creímos que había llegado el momento de soltarle. Era el día...
Mi Pioja mayor volvió del cole y encontró al pajarito mustio. Me llamó por teléfono a la oficina y me dijo: el pajarito está raro mamá... pero yo estaba ocupada y no pude hacerle mucho caso.

Cuando llegué, mi hija estaba en su cama, con el pajarito en la mano, hablando bajito... El pajarito moría y ella le acompañaba. Todavía estaba vivo, pero era cuestión de minutos. Poco a poco cerró los ojos y mi Pioja empezó a llorar desconsoladamente.

La muerte es extraña. Es extraño estar y luego no estar. Dejar un cuerpo vacío... y todavía caliente.
Creo que murió de pena. Debe ser muy duro ser tan pequeñín y no estar con mamá.
Mi hija lloraba y yo no sabía cómo consolarla sin sentirme culpable. Me preguntaba llorando: ¿Porqué trajiste el pajarito? ¡No hubiera visto cómo se moría si no lo hubieras traído!

Intentaba explicarle que era muy difícil que viviera solo y sin comida en la calle, que simplemente le traje porque pensaba que así moriría más tranquilamente. Pero ella no entendía razones. Me pidió que me lo llevara.
Finalmente se calmó y fue hora de irme otra vez. La vida sigue. Nada se detiene.

Me llevé al pajarito metido en una caja pequeña. Le dejé en un jardín, cubierto con un poco de tierra. No supe darle una mejor sepultura con el tiempo detrás, pisándome para llegar a tiempo a trabajar. La vida sigue, nada se detiene.

Cuando llego la Piojilla preguntó por el pájaro y no supe, (no pude) decirle lo que había pasado. Tal vez hubiera sido mejor decírselo porque creo que a los niños no hay que ocultarles nada. Hubiera sido una buena ocasión para explicar la muerte... pero ella hubiera querido verlo y yo ya me había llevado el pájaro a otro sitio. Sé que no hubiera sabido explicarme; es que tampoco sé que es la muerte. ¿Estamos? ¿nos vamos a algún sitio? Me equivoqué ocultando la verdad y luego no me atreví a volver sobre mis pasos.
A Piojilla le conté que el pájaro se había ido con su mamá; que había venido a recogerle.
Ella preguntó porqué no se había despedido y le dijimos que tenían mucha prisa. Quedó conforme. Las mamás siempre tenemos mucha prisa.

Han pasado dos días y todo vuelve a su ritmo. Pajarito se ha ido pero estoy segura de que mis hijas nunca olvidarán que estuvo aquí.

:-(

1 comentario:

Rosana dijo...

Estoy segura de que habrá un cielo de pájaritos dónde le habrán recibido con amor.

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