miércoles, 25 de marzo de 2009

Alta presión

A mis mamás: mis compañeras de estas redes, las activistas de la teta, del parto y de la maternidad respetuosa. A aquellas a las que he consolado, pero especialmente, a quienes me han acompañado en mi propio camino y han secado mis lágrimas.


Vivimos bajo presión. Presión para ser buenos: para dormir solos y dejar pronto los pañales. Presión para ser buenos: para no tocar aquello que nos tienta, para no ensuciarnos al jugar. Para ser buenos: para ser buen hijo, buen estudiante, buen amigo.
Presión para ser madre: para ser LA madre; para ser la mejor madre, la más guapa y multifacética. Para volver al trabajo en 16 semanas, para volver en pocos meses al cuerpo de antes (¿¿de antes de qué??) y estar radiante aunque se pasen mil noches en vela.

Presión, presión... PRISIÓN.

Desde pequeña he sentido que debía llegar donde otros querían. Esa misma presión de profesores y familiares que esperan siempre lo mejor de una. Para ser buena alumna, para ser buena hija, para ser buena, buena, buena… por llegar lejos. Por hacer esto o aquello.
Siempre he sentido que tenía que demostrar algo. Presión de jefes y amigos. En algunos casos fue una buena presión y me ayudó a desplegar alas que yo creía que no tenía… pero en otros, resultó un motivo de frustración cuando, por cualquier motivo, no llegaba hasta donde otros pretendían que llegue.


No siempre he sido capaz de cumplir las expectativas de otros. No siempre he sido capaz de cumplir mis propias expectativas.

La información es poder; es verdad. Pero no lo es todo. Lo comprendí el día que parí a mi segunda hija y las cosas no fueron como yo soñaba; tan informada que iba. Entonces busqué apoyo y más información y terminé uniéndome a una causa en la que encontré ambas cosas.
Pero sólo hasta hace poco pude recordar más detalles que se habían borrado de mi memoria (supongo que el cerebro sabe ponerse a salvo) y entonces –ante un enorme vaso de fresas con leche- me sinceré y también encontré consuelo a mis lágrimas y la calidez que necesitaba.

De vez en cuando acompaño a mamás que están muy informadas. Que han recorrido un camino previo antes de convertirse en madres. Mujeres que se habían preparado para un parto perfecto, para una lactancia idílica, para una crianza sin tropiezos. Pero de repente, algo falla. Algo se sale de aquel molde que habían labrado con tanta ilusión y la frustración es mayor porque se cae desde más alto. Primero porque sentimos que debemos mantener el tipo por si nos miran; saltar ese agujero negro con elegancia y segundo, porque no hay peor derrota que la se sufre ante uno mismo; o la que uno piensa que ha sufrido.
Cuando una de estas mamás llora a mi lado, cuando le cuesta expresar cómo se siente y les invito a decir “lo más terrible que se te ocurra, aunque sea una barbaridad”, normalmente resulta liberador para las dos; alivia poder dejar de ser fuerte.

Me pregunto cuántas mamás, integrantes de estas redes de apoyo, soportarán en silencio esa presión por lograr partos extraordinarios, lactancias perfectas e hijos maravillosos. Que sienten que el listón es inalcanzable. Mamás que no se atreven a decir un poquito más alto que les está costando, que todavía tienen miedo y creen que cada pequeño obstáculo es incompatible con su pertenencia al grupo. Como si fuésemos ovejas negras y hubiese diosas del olimpo juzgando.

Y no hay nada más lejos de la verdad, porque todas tenemos nuestras sombras y miedos. Nuestros propios obstáculos para ir venciendo y fantasmas personales que nos acechan.
Todas lloramos en el hombro de alguien y necesitamos ese abrazo que sana las heridas. Porque finalmente, la presión del entorno nos acompaña a todas en algún momento de nuestra vida y queremos demostrar al mundo de qué estamos hechas; ser quienes no somos.

Tal vez deberíamos dejar de justificarnos, dejar de soñar con modelos imposibles (que a su vez, sueñan con otros) y simplemente hacer nuestro mejor esfuerzo.


Sin presiones; sin prisiones. Libres.


:-)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hola Claudia, soy Elena. De nuevo puedo sentirme a mí misma en tus palabras. Tu labor en estos grupos debe ser casi mágica y me encantaría poder participar. Hoy hace ocho meses del nacimiento de mi pequeño Darío. Luché y me preparé para un parto bello, respetado y feliz pero al final cada momento se convirtió en un cúmulo de despropósitos. Afortunadamente la lactancia está siendo muy satisfactoria (también hemos tenido que "luchar" por ella) y gracias a ello las heridas se van borrando. Todavía tengo que escuchar comentarios que me culpabilizan en cierto sentido por ello, que me presionan día a día. Todavía tengo que defenderme, no sé muy bien de qué,ni por qué, cuando tengo a mi hijo en brazos y siento temor por todo, sin poder contárselo a nadie... Por qué se nos juzga tanto a las madres? por qué se espera tanto de nosotras, mujeres? Por qué no podemos vivir la maternidad si presiones?

Anónimo dijo...

qué bonito!

maite

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